25 abr. 2014

La abeja

Un abejorro se posó en una flor de cerezo, tomó su néctar, quedó saciado y se fue volando. Pero después le vinieron remordimientos. Se sintió como alguien que se hubiera sentado en una mesa abundantemente preparada sin haberle regalado al anfitrión ni un detalle que también alegrara su corazón. “¿Qué podría hacer?”, pensó, pero no lograba decidirse, y así pasaron semanas y meses. Finalmente la intranquilidad pudo con él. “Tengo que volver a la flor de cerezo y darle las gracias de todo corazón”, se dijo.

Se echó a volar, encontró el árbol, la rama, la hoja exacta donde antes se hallaba la flor, pero la flor ya no estaba.

Sólo encontró un fruto maduro de un intenso color encarnado. Al verlo, el abejorro se entristeció. “Nunca más podré darle las gracias a la flor de cerezo. La oportunidad está perdida para siempre. ¡Pero esto me servirá de lección!”, sentenció.

Mientras lo estaba pensando, percibió un dulce perfume: la corola rosada de otra flor le sonreía, y con todas sus ganas se lanzó a una nueva aventura.


Cuento de Bert Hellinger.

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