2 nov. 2014

Yo, libre. Un viaje al instante presente.

Ha llegado a mi este regalazo, y para los que no lo conozcáis, aquí lo dejo para el disfrute y el aprendizaje de quien quiera, pueda o esté preparado para recibirlo. Cada palabra, cada frase, cada suspiro está cargado de sabiduría, y cargado de información....y es transmitido por alguien que describe a la perfección en qué consiste la LIBERTAD real....al fin y al cabo, la posibilidad de escoger en cada momento, cómo cada uno quiere vivir su vida.


Espero os guste y os haga vibrar tanto como a mi...
Ana Taboada.



1 nov. 2014

Miedo a ser invisibles



Sentado en una mesa de una cafetería, saboreando un buen té, distraigo mi atención observando, e inevitablemente escuchando conversaciones vecinas, por esa costumbre nacional de hablar levantando la voz. Aunque no lo quieras, te enteras de todo. Observo a una chica que ha escogido un rincón para ensimismarse en su lectura. El camarero ha servido ya a dos mesas posteriores a su llegada. Aunque ella lo mira, él no la ve. Parece invisible. En cambio, una señora que viene de comprar en el mercado ha realizado una entrada triunfal. No solo todo el mundo se ha enterado de su presencia, sino que se sabe lo que va a desayunar, sobre todo el camarero al que le faltan manos para servirle. La chica de la lectura mueve la cabeza negativamente. En parte por la discriminación, en parte porque aquellos gritos la sacan de su ensimismamiento.


"No desprecies a nadie; un átomo hace sombra" Pitágoras de Samos

Las mesas colindantes siguen conversaciones diferentes, aunque con algún factor en común. Dos mujeres, cercanas a la cincuentena, se quejan amargamente de que a su edad ya no son visibles. No sienten la mirada ajena. Una pareja cercana a mi mesa discute. Él le decía a ella: “Últimamente ni me ves”. En la barra de la cafetería, un padre muy cabreado le decía a su hijo adolescente: “No quiero verte más”. Lo más seguro es que no fuera cierto, pero la expresión revela un tema, más profundo de lo que aparenta, sobre el acto de ver y ser vistos. Para una cultura tan visual como la nuestra, acostumbrada ya a verlo y retratarlo todo, se ha convertido en un deseo y una necesidad salir en la foto o, por el contrario, ausentarse de ella.


Todas estas escenas recuerdan una de las más célebres canciones del musical Chicago de Bob Fosse. El resignado marido de Roxy Hart, Amos Hart, entona su lamento describiéndose como Míster Celofán. El hombre transparente, no por su autenticidad sino por falta de reconocimiento. Ver y ser vistos. Pero ¿qué es lo que queremos ver? ¿Cómo queremos ser vistos? Aún cabe otra pregunta: ¿qué es lo que realmente vemos?


Una posible respuesta podría ser la siguiente: el material psicológico, los contenidos que hemos introducido en la mente, y los movimientos psíquicos que hemos convertido en hábito conforman el conjunto de imágenes que tenemos sobre nosotros mismos, los demás y el mundo que nos circunda. Unos contenidos que se han alimentado también de la cultura familiar, social e histórica que nos ha tocado vivir. Con todo ello hemos organizado la mente, que ahora con suma pulcritud obedece a los programas que se han automatizado en el inconsciente. Entonces, se debe tener en cuenta que los ojos no son los que miran, sino que quien lo hace es la mente de cada uno. Y ve según lo que la hemos enseñado a mirar.


En la imagen que cada uno construye de sí mismo, existe el deseo tanto de estar presentes como ausentes. En algunos aspectos se echa en falta ser más reconocidos, en otros se preferiría poder desaparecer. A veces gusta ser el centro de atención, otras pasar inadvertidos.



"Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada" Antonie de Saint-Exupery

Lo habitual entonces es que se transite por diferentes momentos, contextos, situaciones y estados de ánimo en los que se prefiere estar presente o ausente. Cuando se respetan los tránsitos, el sentimiento se fluye con la vida. Se es libre de escoger. Podría ocurrir, por el contrario, que se acabe viviendo condenados a la eterna necesidad de reconocimiento (personal, social, profesional) o de aislamiento. Cuando es así, la mente de cada persona necesita reorganizar su propia visión y la del mundo.

Uno de los mayores miedos que se pueden padecer es el rechazo. Sentirse abandonado, despreciado o descuidado por la tribu dispara todas las alarmas de la existencia. El poder de las relaciones se basa en la capacidad de generar vínculos estables, duraderos y de protección. No obstante, las experiencias que cada uno ha vivido al respecto han conformado estilos afectivos diferentes. Unos aprenden a incluirse, otros a excluirse. Es como un destino. Tarde o temprano acaban dentro o fuera. A veces los descartan. A veces se autodestierran.


Las sociedades hacen lo mismo con sus miembros, sobre todo aquellos que no responden a los estándares y modas. De la misma manera que muchos reconocimientos son exagerados, falsos o injustos, gran parte de las exclusiones también lo son. Aunque se presuma del valor de la justicia, muchos gestos de los que apenas se es consciente invisibilizan al otro, lo apartan de la peor de las maneras que es la indiferencia. Como Míster Celofán. Hay quien prefiere un reconocimiento en negativo, antes que ser completamente ignorado.


La falta de reconocimiento obedece a dificultades de inclusión, como la chica de la cafetería cuya presencia solo asomó cuando se quejó al camarero. Tuvo que enfadarse para poderse hacer visible. Pero al hacerlo así, no se siente bien, se culpa o acusa al mundo por no estar pendiente de ella. No se le ocurre “hacerse presente”, mostrarse, pedir, expresarse asertivamente. Pero esta situación también obedece a las expectativas. Muchas personas hacen grandes esfuerzos, se cargan de responsabilidades o llaman la atención con tal de recibir aplausos, agradecimientos y valorización. Puede que se confunda el medio con el fin. Si cabe algún acto sincero de reconocimiento es ser aceptados y queridos por lo que se es y no por lo que se hace, se aparenta o se logra.


El miedo a no ser recordados es, en el fondo, un temor a ser ignorados. Si nadie nos ve, ¿existimos? Por supuesto, uno puede hacerlo todo solo y para sí mismo o, como el eremita, hacerlo aisladamente por el bien espiritual de la humanidad. Sería suficiente con que cada uno apreciara quién es, cómo es y lo que hace, mejor o peor.



"Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo". León Tolstói

Sin embargo, pronto llega la mirada del otro. Una forma de percibirnos que tanto puede ser apreciativa como despreciativa. O peor aún, ser vistos y no vistos. Ahí se encuentra el secreto del equilibrio entre lo interno y lo externo. ¿Hasta dónde sabemos apreciarnos? ¿Hasta dónde necesitamos ser apreciados? ¿Hasta dónde nos afecta el desprecio externo? ¿Necesitamos ser reconocidos por los demás para ser, para saber cómo ser? ¿Somos personas apreciativas? ¿Destacamos lo bueno de las personas y lo que hacen con la mejor de las intenciones? ¿Tendemos al desprecio, a ver siempre lo que falta o lo que no está perfecto? Según seamos en ese interior individual, así seremos ahí afuera aunque lo disfracemos con máscaras sonrientes.


No solo se trata de bucear introspectivamente. Como escuché a Begoña Román, catedrática de Filosofía de la Universidad de Barcelona, quizás vaya siendo hora de introducir la escucha en un mundo tan visual. Podría ser que el problema sea estar más desnutridos de ser escuchados que de ser vistos. Llega un momento en que más que reforzar el sentido de la vista, se necesita afinar el oído y también el tacto.


Hay una tarea que resulta ineludible: educar la mirada, amplificar la escucha y apreciar la calidez. La mirada se educa revisando lo que tenemos tendencia a percibir, y aumentando el campo de visión. Para ello, como advierte el psicólogo Joan Quintana, hay que preguntar a los otros lo que cada uno no aprecia o no sabe ver. La escucha requiere atención, disponibilidad, profundidad. Va más allá de una simple mirada. Y la calidez adentra, como ningún otro canal, en el contacto respetuoso, amable y tierno con el otro. No hay mayor reconocimiento.

Autor: Xabier Guix
Fuente: El pais.com

5 oct. 2014

Yo tengo razón...tú estás equivocado.


La mayoría de nosotros creemos que podemos cambiar lo que los demás piensan; de otro modo, no pasaríamos tanto tiempo en la vida dándole vueltas a “qué opinan los demás de nosotros” y tratando de mejorar su juicio sobre nuestra persona. Eleanor Roosevelt dijo: “Nadie puede hacer que te sientas inferior si tú no lo permites”. Esta afirmación pone el foco de atención hacia nosotros mismos y no en los demás; por ello, quizá el único pensamiento que precisa ser cambiado es la creencia de que “los demás deberían pensar diferente”.

Querer tener razón es la enfermedad crónica de la humanidad, seguramente una de las causas que han enfrentado más a las personas, las naciones y las religiones organizadas del planeta. La posesión de las personas por sus propias ideas es siempre una causa de sufrimiento. El problema, al consistir las creencias en “posesiones mentales” no visibles, ha sido buscar la solución a nuestras diferencias tratando de cambiar a los demás antes que examinar la causa real de los conflictos (la necesidad de tener razón).

En demasiadas ocasiones comprobamos cómo querer imponer nuestras razones y opiniones a los demás nos cuesta caro. Tal vez logremos desautorizar las ideas de alguien, pero al final acabamos con una razón más y un amigo menos. ¿Vale la pena? Seguramente no. El resultado es que querer estar siempre en posesión de la verdad consume una gran cantidad de energía y tiempo que nos impide disfrutar de los demás y de la paz mental de saber que en el fondo todos tenemos nuestra propia lógica.

¿Es mejor tener razón a toda costa antes que ser feliz? Que cada uno responda esta pregunta con sinceridad.


Una creencia es algo a lo que te aferras porque crees que es verdad” Deepak Chopra

La perspectiva materialista o newtoniana del universo nos conduce a cosificar todo con lo que entramos en contacto, ya sea algo material o inmaterial. Incluso lo no material, como un pensamiento, acaba tomando forma y se convierte en objeto de conflicto. Así, una idea o una creencia se acaban convirtiendo en una posesión, una propiedad, algo que debe ser defendido para que no perezca.

Todo pensamiento consciente, repetido durante un tiempo, se convierte en un programa mental invisible. Con el tiempo acumulamos opiniones, creencias, que pasan a conformar lo que llamamos identidad construida o ego. Si alguien agrede esas posesiones mentales, en realidad es como si lanzara un ataque personal, porque confundimos pensamiento e identidad. No parece sensato confundir lo que somos con lo que pensamos, pero esto no lo tienen tan claro quienes se aferran a sus creencias con desesperación.

Tener opiniones es normal, también tener gustos y preferencias… pero que esas ideas y predilecciones le tengan a uno cautivo o secuestrado es una trampa. El libre pensamiento es una conquista humana, pero la libertad de opinión se convierte en una desventaja cuando las posiciones mentales impiden abrirse a nuevas perspectivas o puntos de vista que no concuerdan con las propias.

La pregunta ¿somos nuestras creencias? se responde con un rotundo no. Desde luego, tenemos convicciones, pero en esencia no somos lo que pensamos; a un nivel profundo y esencial, nuestras opiniones no pueden definirnos. Pero llegar a esta claridad no es sencillo ni rápido. De hecho, los conflictos del mundo son tanto disputas por pertenencias materiales (cosas) como por posesiones inmateriales (ideales). Cuando entendemos que tenemos una mente y la usamos, pero que no somos esta, nos liberamos de su contenido y nos autoexcluimos de cualquier conflicto y, por tanto, sufrimiento.



No somos nuestras historias...

“Con frecuencia utilizo la palabra historia para referirme a los pensamientos o secuencias de pensamientos que tenemos el convencimiento de que son reales. Una historia puede ser sobre el pasado, el presente o el futuro; sobre cómo deberían ser las cosas, como podrían ser o por qué son. Las historias aparecen en nuestra mente cientos de veces al día. Las historias son teorías que no han sido probadas ni investigadas y que nos explican el significado de estas cosas. Ni tan siquiera nos damos cuenta de que son teorías. ¿En qué medida tu mundo está construido por historias que no has examinado?”.

Amar lo que es, Byron Katie


Todos mantenemos un diálogo interior que reafirma continuamente lo que creemos, y después nos pasamos la vida buscando personas y situaciones en las que encajen nuestras creencias para poder así reafirmarlas. El objetivo de toda creencia no es, como debería ser, contrastarse, sino validarse una y otra vez aunque sea a la fuerza. Estas creencias o historias mentales nocuestionadas acaban por suponer un problema: no tienen ninguna relación con la realidad. ¿Qué pasaría si no tuviéramos ningún criterio mental no validado que contarnos? Seríamos libres de la necesidad de dividir el mundo entre los que están de acuerdo y los que no lo están. Y sobre todo, no estaríamos condicionados por cosas que creemos, pero no son verdad.

O bien nos apegamos a los pensamientos, sin más examen, o bien los cuestionamos en busca de la verdad. No hay más opciones.

Cuando una creencia nos domina, llegamos a pensar que todo el mundo piensa, o debería pensar, lo mismo. Pero hay opiniones para todos los gustos, la diversidad construye el mundo, y aunque parezca extraño, hay personas que creen cosas muy diferentes a las que nos parecennormales. Ver las cosas desde distintas perspectivas no es fruto de un lavado de cerebro, sino de preferencias, cultura, contextos… Sin duda, aquellos que no esperan que todo el mundo esté de acuerdo con ellos gozan de una mayor tranquilidad mental, que es de lo que va la vida.

¿Pero cómo liberarse del apego a las creencias? No es el apego el problema real, sino la identificación. Pelear contra una creencia o un hábito no tiene sentido, es una lucha perdida. En cambio, dejar de identificarse con esa forma de pensar, cuestionarla, examinarla, soltarla, incluso sacrificarla, es el principio de la libertad o de cómo librarse de esta par­ticular tiranía.

No reaccionar con hostilidad a las ideas de los demás es una de las maneras más sencillas de superar el apego a las propias. Pero solo se puede no reaccionar a sus creencias si se entiende que estas no son su identidad, sino una posesión mental, que además siempre se puede cambiar por otra. Una vez más, todos tenemos opiniones y criterios, pero eso no significa que sean lo que somos. Cuando lo comprendemos, la distancia entre las personas es exactamente… cero.

Aceptar las ideas de otros es en realidad más sencillo de lo que parece. Basta con tener presente que aceptarlas no significa adoptarlas o validarlas (no significa estar de acuerdo). Es más bien aceptar que no entendemos a todo el mundo, ni que todo el mundo nos entenderá. Es más sencillo aceptarlos a ellos (aunque tal vez no sus ideas) porque no hacerlo complica la vida de todos. Resistirse, negarlos, es luchar, y vivir así es verdaderamente muy, muy difícil.

Una de las mejores maneras de persuadir a los demás es escuchándolos” Dean Rusk

El disgusto que sentimos ante las ideas que no nos son afines es proporcional al grado de apego que tenemos a las propias (o la poca disponibilidad para cambiarlas por otras). Cuanto más apego tenemos a una creencia, más disgusto sentiremos cuando nos enfrentemos a las contrarias. Es fácil deducir que no es la idea del otro lo que nos causa molestia, sino nuestro rechazo a aceptar puntos de vista diferentes. No es su creencia el problema, sino nuestra posición contraria a ella.

Para llevar todo lo anterior a la práctica sirve recordar que cada vez que alguien exprese una creencia alejada de las propias, y ello genere un cierto disgusto, podemos preguntarnos: “¿qué está sucediendo ahora en mi mente?”. Y “¿en qué parte de mi cuerpo siento el rechazo?”. No se trata de cambiar nada, sino simplemente de observar lo que sucede. La observación desapegada y neutral hará posible la aceptación.

Disponemos de una técnica para aceptar comportamiento y creencias ajenas, y se llama asertividad. Consiste en no reaccionar al pensamiento o comportamiento de los demás de forma vehemente, pero sí con autorrespeto y autoestima. Es decir, no adoptando una actitud defensiva o agresiva (ambas son el mismo error), sino reafirmando y expresando la posición personal sin tratar de imponerla al otro.

Y una palabra final: escuche. Escuchar con interés a las personas, aunque lo que digan esté en contra de la propia opinión, es la prueba máxima de la empatía, el respeto y la aceptación, claves todas ellas para la paz en el mundo. Escuchar a los demás les hace sentir valorados, entendidos, importantes. Tal vez eso sea todo lo que necesitan de verdad, y al conseguirlo podría ser que renunciaran a imponer sus opiniones y creencias.

RAIMÓN SAMSÓ
Fuente: El país.com


10 jul. 2014

Problemas personales, problemas de pareja





La primera afirmación de la propuesta es que los problemas de pareja son problemas personales que se expresan en la relación.

Y estos problemas sólo emergen en el vínculo amoroso, dado que estando con otro salen a la luz aspectos de uno que estaban en la sombra. Como terapeutas, la idea es tener esta mirada frente a los conflictos, y entonces, cuando una pareja viene a la consulta, abocarnos a ver cuál es la conflictiva personal de cada uno de ellos que está interfiriendo en la relación.


Ayudamos a que cada uno trabaje su problemática personal y mostramos cómo la neurosis de uno se engancha con la del otro.

La idea principal otra vez es:


Si te molesta esta situación, ¿qué cuestión personal se refleja en el conflicto?



El tema básico está plasmado en la frase de Hugh Pratter: "Una piedra nunca te irrita a menos que esté en tu camino".

Nos enganchamos con el famoso tema de la proyección. Pienso en aquello que tanto nos mostró Nana en sus laboratorios: "Proyecto en el otro las partes de mi que más rechazo".


"Cuando me doy cuenta de cómo me molesta esto en el otro, investigo cómo me molesta en mí mismo".



"Si pienso que yo no tengo nada de eso que me molesta del otro, el trabajo es darme cuenta de qué pongo yo de lo que tengo; porque si no pusiera de lo mío no me molestaría".



Esto es básico en Gestalt y es lo que dice Jung con el tema de la sombra. Proyecto mi sombra en mi compañero y al verla en él, la descubro.

A partir de allí tengo dos posibilidades: Intentar destruir la temida amenaza destruyéndolo a él o aceptar la oportunidad de integrarme con mi sombra y terminar para siempre con su amenaza.

Sin duda esto cambia sustancialmente la óptica y la comprensión de los problemas de pareja.

Dejo de culpar al otro por lo que hace y empiezo a ver qué estoy poniendo yo en este particular conflicto. En vez de utilizar mi energía para cambiar al otro, la utilizo para observarme. Y a partir de allí hablar de mí, de lo que yo necesito, de lo que a mí me pasa con las actitudes que él tiene.

Esto es mucho más fácil de escuchar para otro.

La llave es estar siempre conectada con lo que me está pasando y no hablar del otro. En todo caso, si no me agrada lo que sucede ¿qué otra cosa podría hacer yo para generar algo que me guste más?

Puedo quedarme llorando y quejándome, puedo buscar otro marido, o puedo ver cómo estar lo mejor posible con el que quiero y estoy.

Puedo usar el conflicto para encontrarle una salida creativa, para ver qué puedo desarrollar de mí misma, con qué puntos ciegos me estoy enganchando.Este es mi camino y el que transmito.

Esto es lo que me gusta de la vida, ir descubriendo sobre mí y sobre los otros; un desafío, no esperar que no haya conflictos, sino verlos como una oportunidad para desarrollarme.Y si es cierto que una de las dificultades es lo proyectado, la otra es la dificultad para darnos cuenta de lo que verdaderamente necesitamos. Por supuesto que cuando no obtenemos lo que creemos necesitar, nos resulta más fácil reaccionar que procurarnos aquello que nos falta, aunque muchas veces estemos pidiendo cosas equivocadas.

Por ejemplo, puedo hacer un escándalo porque llegaste tarde. Así, la discusión se centra en esa pelea aparente. Pero no se trata de eso, sino de ver qué es lo que te estoy pidiendo a través de la puntualidad. Si me vuelvo loca porque llegás tarde, quizás lo que necesite no se resuelva con que llegues temprano. Habría que ver qué me afecta tanto, qué interpretación hago de tu llegada tarde, qué es lo que necesito de vos, qué te estoy pidiendo a través del reclamo de puntualidad... ¿Que me demuestres que te importo?, ¿que me valores?, ¿que me consideres? ¿De qué estoy hablando cuando reacciono?

Cuando estamos demasiado centrados en nosotros mismos, no podemos ver lo que le pasa al otro y nos volvemos autorreferentes. Para el otro, desde afuera, nuestra actitud resuena por lo menos exagerada cuando no francamente irracional.

Y posiblemente lo sean porque estas actitudes tan arcaicas provienen en realidad de los primeros años de vida, de las conductas incorporadas para defendernos de las heridas padecidas en la infancia.. John Bradshaw llama a este recuerdo de la herida primigenia "el niño herido". Es este niño herido que llevamos dentro el que nos hace actuar así. Los dolores que no pudimos expresar en nuestra infancia los cargamos como una mochila, y se expresan con nuestras reacciones antes de que nos demos cuenta, de modo que nos encontramos instalados allí antes de poder pensar. Estas reacciones son las que nos causan más problemas en las relaciones íntimas.

Desafortunadamente, cuando estamos en una relación, los enojos y dolores no resueltos en el pasado los actuamos en el presente con el otro a través de nuestras reacciones.

Por lo general, estos viejos dolores no aparecen hasta que nos ponemos en pareja. El noviazgo y el matrimonio disparan estas viejas heridas y suponemos que es nuestro compañero el que las causa.

Habitualmente no ocurre al principio, sino en la medida que nos vamos sintiendo verdaderamente unidos con el otro.

Este niño herido que llevamos en nuestro interior es como un agujero negro que chupa todo, es como un dolor de muelas: cuando aparece no podemos pensar en otra cosa, el dolor domina nuestra vida.

En muchos casos de separación el problema no se encuentra en la relación de uno con el otro, sino en asuntos no resueltos de uno de ellos (o de los dos) con su propio pasado.

Mi reacción genera tu reacción, y así nos vamos potenciando negativamente.

Cuando acarreamos a nuestros niños heridos tenemos la sensación de no estar nunca en el presente, siempre estamos reaccionando por cosas que nos pasaron hace muchos años.

Esto imposibilita la relación con el otro.

Hasta que no me ocupe de este niño herido él seguirá reaccionando y empeorando mis relaciones íntimas.Y el único que puede escucharlo soy yo mismo, cuando me ocupo de su tristeza, de su enojo. Entonces el niño no va a reaccionar, porque está contenido.

Es necesario aclarar que no es posible descubrir algunas de estas heridas en soledad. Necesitamos de alguien que nos permita encontrar nuestras heridas, un vínculo que las dispare con una persona que las autorice, que nos permita sentir lo que sentimos sin descalificamos.

El niño herido necesita validación de su dolor.Solo cuando la persona se siente validada en su dolor, puede expresarlo y atravesarlo.

El dolor es un proceso que ocurre a través del shock, la tristeza, la soledad, la herida, el enojo, la rabia, el remordimiento. Y toma mucho tiempo.

Para llegar al punto del dolor es fundamental salirse de culpar al otro y observar qué me pasa a mí con mis reacciones.

Cuando establecemos una pareja hacemos un pacto inconsciente en el cual, por ejemplo, yo espero que vos seas el padre que no me va a abandonar y vos esperás que yo sea la madre que te va a aceptar incondicionalmente como sos. Y cuando esto no ocurre, porque es imposible que el otro cure mis heridas, empiezo a culparte.

En los peores casos, cuando una pareja siente ese vacio que no puede llenar el uno con el otro, deciden tener un hijo... y lo que aparentan ser dos adultos no son más que dos niños necesitados que buscan la salvación en su hijo. Parecen adultos, pero en sus relaciones interpersonales actúan como niños.

Hay personas que pueden ser brillantes en el nivel adulto, pero cuando vuelven a la intimidad de sus relaciones más comprometidas no son más que niños infinitamente necesitados que reaccionan frente a la falta de cariño, de atención o de reconocimiento.

Cuando vemos a las parejas en el consultorio, reconocemos de inmediato a los niños internos que se están expresando.

Muchas veces los adultos no se ponen de acuerdo porque en realidad cada uno está expresando a su niño herido, cada uno está en una escena de su infancia reclamándole a su mamá o a su papá diferentes cosas, y el otro no puede dar porque también está pidiendo lo suyo. Cuando podemos ayudarlos a darse cuenta de lo que está pasando, la discusión pierde sentido: Dejan a sus niños calmados, ya que les dieron espacio para expresarse, y pueden volver al presente a encontrarse.

Nuestros niños heridos necesitan un espacio para expresar su enojo y su dolor. Cuando se lo damos, empiezan a crecer y no interfieren en nuestras relaciones íntimas.

Welwood nos inculca una lección práctica: "Aprender a aprovechar cada dificultad que encontramos en el camino para ahondar más, para conectarnos con más profundidad; no sólo con nuestra pareja, sino también con nuestra propia condición de estar vivos."



Jorge Bucay y Silvia Salinas

10 may. 2014

Dos tipos de saber...


Un erudito preguntó a un sabio cómo los detalles se reunían para formar un todo, y cómo el conocimiento de lo diverso se diferenciaba del conocimiento de la plenitud.

El sabio dijo: "Lo disperso se convierte en un todo si logra encontrar un centro y actuar centrado. Ya que tan sólo a través de un centro lo diverso se hace esencial y real; su plenitud, empero, nos parece simple, casi poca cosa, como una fuerza tranquila dirigida a lo próximo, permaneciendo debajo y cerca de aquello que sostiene.

Para experimentar o transmitir la plenitud, por tanto, no necesito saber ni decir ni tener ni hacer todo, uno por uno. El que quiere llegar a la ciudad entra por un solo portal. El que toca una campana una vez, sólo con ese tono hace sonar muchas cosas más. Y el que recoge la manzana madura no necesita averiguar su origen; la tiene en la mano y la come".

El erudito objetó que el que quería la verdad, también tenía que saber todos los detalles. Pero el sabio lo contradijo: tan sólo de la verdad antigua se sabía mucho. La verdad que conducía más allá era arriesgada y nueva. Ya que, así como una semilla oculta el árbol, también ella esconde su final.

Por tanto, el que vacila en actuar,porque pretende saber más de lo que el siguiente paso le permite ver, pierde lo que es efectivo. Toma la moneda en vez de la mercancía, y de los árboles hace madera.

El erudito pensaba que eso sólo podía ser parte de la respuesta, y le pidió un poco más. Pero el sabio se negó:

la plenitud en un principio es como un barril de mosto, dulce y turbio, y necesita la fermentación y el tiempo suficiente para aclararse. El que entonces, en vez de probarlo, bebe, facilmente se tambalea.


Cuento de Bert Hellinger.

6 may. 2014

Madres imperfectas

Cuando me enteré de que estaba embarazada pensé que tenía que ser una madre perfecta, devoré todos los libros de crianza habidos y por haber, blogs, noticias en internet, recorrí tiendas…

Sólo cuando tuve a mi hija conmigo descubrí que las madres perfectas no existen más que en su imperfección.

También descubrí que sí existe el cansancio, la tristeza, la frustración, el hastío e incluso la desesperación.
Y así fue cómo me convertí en una madre imperfecta.

Esa madre que a veces está triste y llora, mamá cercana, de carne y hueso.
Una madre que te deja saltar en el sofá y a veces hasta se arranca a saltar contigo.

Una madre que cada noche sin escepción te llena de besos, de cosquillas y de mordisquitos en la barbilla.
Que te canta mientras tu agitas las manos y dices Maaaa maaaaa!!!

Una madre que comparte contigo sus bocadillos de nocilla, que salta contigo en los charcos, que te deja que te ensucies.
Madre que tropieza constantemente con bloques de construcción, aparecen por todas partes, hasta en los lugares más insospechados.

Madre que anda a gatas por toda la casa, contigo sentada sobre su espalda mientras gritas Iiiiiiii Iiiiiiiii!!! Hasta que sus rodillas empiezan a pedir clemencia.
Madre que a veces se enfada sin razón, sólo porque está cansada y te riñe y a los 5 minutos te pide perdón y tu con tu inmenso poder sanador la abrazas y la llenas de besos.

Madre que no consigue conciliar el sueño si no estás acurrucada a su lado.
Madre que rompe la regla nº1 del ecologismo casero: No te bañarás. Y llena la bañera hasta arriba para darse un largo baño de espuma contigo, mientras tú salpicas y superas el aforo limitado de muñecos en la bañera.

Madre imperfecta, sin depilar ni maquillar, en vaqueros y cola de caballo, cómo íbamos a correr con vestido y tacones??
Madre que no sabe preparar un biberón, ni una papilla, pero si “huevos fritos con patatas” de yogur, manzana y melocotón.

Madre que te pone música punk, y flamenco y rap y música clásica y baila contigo por toda la casa.
Madre que prefiere tener la casa un poco más sucia y jugar más contigo.
Madre que a veces sucumbe al embrujo de la caja tonta y te sienta delante sólo para poder descansar 15 minutos.

Madre que dice palabrotas, que no lo puede evitar y espera con miedo tu primer “joooooder”…
Madre que sale a trabajar cada mañana y aunque pasen los meses no desaparece su angustia por separación.

Madre revolucionaria que te lleva a manifestaciones.
Madre que hace malabares con manzanas, aceitunas, muñecos o calcetines, la etapa punkarrilla no fue en vano.

Madre que dibuja peces, vacas, casas y gatos que sólo desciframos tu y yo.
Madre traductor simultáneo, la única capaz de entender cuándo “tata” significa patata o caca o realmente tata.

Madre. La palabra más perfecta y más imperfecta de nuestro diccionario.

5 may. 2014

Psicotrampas

Si bien no suscribo en su totalidad su forma de pensar, sí creo que este hombre dice cosas realmente interesantes y que ofrece una posible visión a cerca de los motivos por los cuales se produce el sufrimiento humano, y cómo ponerles solución. 
A.B.

"Pensar en positivo para superar el dolor produce el efecto contrario"

El psicólogo Giorgio Nardone acaba de publicar el libro 'Psicotrampas' en el que analiza las principales causas del sufrimiento humano y presenta soluciones

Giorgio Nardone es el creador de la terapia breve estratégica, modelo centrado en la búsqueda de soluciones como base para entender cómo funciona el problema. El nuevo libro de Nardone, Psicotrampas, es el resultado de más de 30 años de estudios de soluciones terapéuticas ya que, según el autor, “la única manera de conocer bien el problema es a través de su solución”. Nardone categoriza en este libro las trampas mentales que el ser humano construye a través de sus mecanismos psicológicos y que, repetidas durante mucho tiempo, pueden acabar derivando en una psicopatología grave. 

Según el psicólogo, el ser humano se ha complicado la vida al aplicar unos mecanismos determinados sin preocuparse de los resultados o, dicho de otra forma, utilizando siempre la misma estrategia a la hora de afrontar problemas distintos. En el peor de los casos, estos mecanismos han acabado derivando en lo que él llama psicotrampas, ya que “la naturaleza no nos ayuda, pero la cultura tampoco nos ha salvado”. Nardone cree que la espontaneidad es sólo una ilusión, rechaza las teorías que aseguran que modelamos nuestras pautas de comportamiento durante nuestra infancia y se muestra crítico a la hora de hablar del pensamiento positivo y la Ley de la Atracción. Phillips, conocido autor de planteamientos freudianos concluye uno de sus libros afirmando: “Lo único que aprendemos de nuestros errores es que seguiremos repitiéndolos”. Este anatema para los seres humanos es el que Nardone quiere afrontar aplicando nuevas perspectivas y planes de acción en primera persona que permitan anular el efecto de estas “psicotrampas” de las que, según él, todos somos susceptibles a convertir en patología, especialmente aquellas personas menos flexibles. 

-Dice que todos somos novelistas de nuestra vida. ¿Nos gusta más el drama que la comedia?

-¡Nos encanta la tragedia! Como occidentales somos todos hijos de la tragedia, que es un género que supera a los dos que has nombrado (Sonríe). La tragedia siempre tiene un final terrible, y nuestra existencia también tiene un final trágico: la muerte. 

-Llama la atención que, pudiendo elegir nuestra manera de vivir la vida, nos decantemos por complicárnosla…

-La naturaleza no nos ayuda nada, ya que somos seres hechos para complicarnos la vida. Nuestra naturaleza nos impone el funcionamiento neurofisiológico de repetir aquellos parámetros que nos han funcionado anteriormente. Lo que sucede es que algo que haya podido funcionar en nuestro pasado no tiene porque funcionar en el presente, y más cuando la tipología del problema también es distinta. Nuestra mente hace que elaboremos la misma estrategia con cualquier tipo de problema, y eso es erróneo ya que sólo nos lleva al fracaso. 

-¿Esta es la base de cualquier psicotrampa?

-La base de cualquier piscotrampa reside, efectivamente, en repetir constantemente un parámetro que nos ha funcionado anteriormente. Nuestra naturaleza nos impone este mecanismo mental, pero la cultura tampoco nos salva ya que no nos ofrece una serie de herramientas que nos dejen elegir tranquilamente el modelo que necesitamos. Como occidentales, hemos sido todos educados en la racionalidad y la lógica; el problema es que tendemos a aplicar estos conceptos en momentos donde no se pueden aplicar. Muchas estrategias no nos funcionan porque están elaboradas sobre una lógica preconstituida en base de una teoría que no tiene en cuenta la realidad de los hechos. 

-¿Por ejemplo?

Dos psicotrampas de pensamiento muy extendidas son la psicotrampa de la verdad definitiva y del razonamiento perfecto, y ambas son hijas de nuestro razonamiento racional. Creemos que este razonamiento nos salvará de cualquier problema, pero como se ha visto, por mucho que avanza la medicina moderna, algo que se plantea como conocimiento definitivo, aún no nos ha ayudado a combatir las infecciones más graves o el cáncer. Incluso te diré que el razonamiento lógicamente perfecto puede ser la base de las acciones más criminales. 

-¿Definimos nuestros patrones conductuales en nuestra infancia?

-¡Esto es un mito! En el momento en el que tenemos capacidad de racionamiento, aproximadamente desde los 14 años, somos nosotros mismos los que construimos nuestra realidad. La realidad no es lo que nos han impuesto en nuestra infancia, sino lo que nosotros hacemos con los demás. Cada persona es responsable y artífice de su destino. La visión de que nosotros estamos moldeados o condenados por algo que nos sucedió durante nuestra infancia es un argumento obsoleto desde un punto de vista del psicoanálisis. Construimos la mayoría de problemas nosotros mismos a través de nuestras tentativas equivocadas a la hora de resolverlos. Si la estrategia no funciona e insistes, complicas más el problema en lugar de resolverlo. 

-¿Cuál debe ser, entonces, la base de nuestro aprendizaje?

-Lo primero que tenemos que hacer es observar cuáles han sido nuestras tentativas de solución y, si no funcionan, cambiarlas y dejar de insistir, que es lo que solemos hacer espontáneamente. Es importante dejar de insistir en aplicar soluciones disfuncionales y saber cambiar la estrategia.

-Entiendo que las psicotrampas que nos solemos poner no son, en un inicio, una psicopatología que hay que tratar con ayuda de un especialista…

-Para nada. Son tentativas a la realidad que, hasta cierto punto, pueden llegar a funcionar. La trampa es cuando nos excedemos, como un medicamento que en sobredosis puede convertirse en algo nocivo. Ninguna de las psicotrampas es patológica en sí, lo es en el momento en el que exageramos su aplicación.

-¿Nuestra espontaneidad a la hora de buscar soluciones puede actuar como saboteadora?

-La espontaneidad no existe. La espontaneidad es el último aprendizaje que se ha convertido en una adquisición. Si repito algo un cierto número de veces luego acaba saliendo algo natural. La espontaneidad es otro de los falsos mitos modernos. 

-Llevamos dos. ¿Cuáles son las psicotrampas más generalizadas?

-Hay dos grupos de psicotrampas: de acción y de pensamiento. Si hablamos de pensamiento, la más extendida es la psicotrampa del engaño de las expectativas. Esperar que los demás hagan exactamente lo mismo que yo haría en la misma situación. Hay que entender que cada persona es diferente y no hará lo mismo que yo.

-Vaya, que esperamos demasiado de los demás…

-Sí, especialmente de las personas que nos son más cercanas. Cada individuo tiene una percepción concreta de las cosas y nunca la podrá percibir como la otra persona; como no siente lo mismo, su comportamiento y su reacción será diferente. Si yo espero que hagas exactamente lo que yo haría, caeré en una psicontrampa porque me llevaré una desilusión.

-¿Qué estrategia tenemos que elaborar para afrontar esta situación?

-Empezar a aceptar que cada persona percibe la realidad desde diferentes puntos de vista y dejar de esperar de los otros que hagan lo que haríamos nosotros. Es importante aprender a ver la realidad con los ojos de los demás y tener previsto que ellos harán algo diferente. Con esto prevenimos desilusiones o sentirse herido por una expectativa falsa. 

-Vamos a las de acción. ¿Cuál es la más recurrente?

-Insistir, insistir e insistir. Cuando un ser humano está convencido de que algo es justo o funciona insiste en ello hasta la saciedad. Por ejemplo, si estoy convencido de que mi pareja no me da suficientes atenciones y se lo digo constantemente, el resultado que voy a obtener es justamente el contrario. Otro ejemplo que tiene que ver con nosotros mismos: si hacemos algo y fracasamos, muchas veces seguimos insistiendo y repitiendo lo mismo pensando que algún día en algún momento esto saldrá bien. Nos transformamos en el burro que quiere mover el árbol con la cabeza. 

-¿Qué tenemos que hacer aquí para evitar rompernos la cabeza?

-Pensar que si una estrategia no ha funcionado en un tiempo, la única opción que nos queda es cambiarla; sustituir la rigidez por la flexibilidad. Al mismo tiempo, se suele decir que un hombre es fuerte cuando no se rinde y sigue insistiendo. Hay cierta presión social a seguir insistiendo y no desfallecer, pero eso es absurdo cuando la estrategia es equivocada de base o no sirve para ese problema concreto.

-Otro discurso que se ha consagrado es el del pensamiento positivo para atraer cosas buenas a tu vida. ¿Ahora también me dirá que eso es un falso mito?

-¡Por supuesto! Es un mito moderno que viene de esta filosofía americana del “piensa positivo y todo irá bien”. Esto es algo que ya se había propagado antes en la década de los sesenta con la beat generation o la new age, y ahora con las filosofías tibetanas y el “piensa y produce”. También está la absurda ley de las atracciones de la que se sigue hablando. 

-Bien, se ha cargado cuatro de un solo párrafo. ¿Cuál es su punto de vista?

-Si le digo a una persona que está deprimida que piense en positivo lo único que obtendré es que se deprima aún más y tendrá un efecto contrario, como sucede con todos los problemas compulsivos. Pensar en positivo para superar el dolor produce el efecto contrario. ¿Cuándo funciona este tipo de pensamiento? ¡Cuando las cosas ya van bien! Entonces sí que puedes lograr que las cosas vayan aún mejor; pensar en positivo cuando hay cosas trágicas hace que eso vaya todavía a peor. 

-¿Qué hay que decirle, entonces, a una persona que está triste o pasando por un momento doloroso?

-Depende del motivo de su tristeza. Si es porque algo va mal en su vida, se deben analizar sus tentativas de solución y mirar de cambiarlas. Ver qué psicotrampas aplica y encontrar una solución. Hay muchas personas que están tristes porque se esfuerzan en ser felices. A esta gente hay que enseñarle, al menos una vez al día, a darle un espacio a esta tristeza y hacerle concentrar en las cosas que le hacen sufrir para que tomen conciencia. El efecto puede ser doble: o pones toda tu tristeza en este espacio y luego quedas libre, o cuanto más intentas estar triste voluntariamente tu cabeza irá en dirección contraria. Con este efecto paradoxal bloqueas tu tristeza y reaccionas. Esta es “la técnica de la peor fantasía”, que es exactamente la opuesta al pensamiento positivo. 

-¿El autoengaño tampoco funciona?

-Esta es una técnica de autoengaño voluntario, me pongo en la condición de estar más triste para salir de este estado. Este es un autoengaño terapéutico, mientras que pensar en positivo es un autoengaño que sólo funciona cuando no tienes un problema tan devastador. Si el problema es más grande, como los derivados de las psicopatologías, el pensamiento positivo no sólo no ayuda sino que te hunde más.

-¿El amor es la forma de autoengaño más sublime que existe?

-(Ríe). El amor es básicamente lo que nosotros ponemos a la otra persona, y no lo que verdaderamente hay en ellas. Cuando estamos enamorados, no vemos más que virtudes en la otra persona, mientras que sus defectos nos parecen virtudes ya que emitimos una luz positiva. La prueba es que, cuando ese amor se apaga, la frase más utilizada suele ser “no es la misma persona que antes”. Y es verdad, porque vuelve a ser lo que era sin lo que yo le he añadido. 

-Pues sí que me lo pone usted mal…

-¡De ninguna manera! Este es un autoengaño útil que nos sirve para vivir mejor. Está bien que las personas se enamoren, ellos no necesitan ayuda sólo por ello. Es un autoengaño funcional que nunca se debe extinguir.

-Me deja más tranquilo. ¿Han aparecido psicotrampas modernas en esta sociedad tan globalizada?

-Sí. La más extensible es la socialización de nuestras vidas, hasta las cosas más íntimas. Dos ejemplos muy claros son determinados programas como los reality shows o la tendencia de muchos adolescentes de contar toda su vida a través de las redes sociales. Esto tiene un efecto devastador porque las personas no construyen una propia identidad que sea diferente a la de los demás y, sobre todo, no aprenden a gestionar la responsabilidad de tener algún secreto. Hay cosas íntimas que un individuo tiene que guardar para sí mismo o hablarlas sólo con algunas personas escogidas.



Estar "con"...o simplemente estar.


De todos es conocida la necesidad que tenemos las personas de sentirnos rodeados de otras personas, o lo que es lo mismo, nuestra necesidad de socialización. Somos seres sociales por naturaleza, y sentimos la necesidad de compartir nuestro tiempo con nuestros amigos, familiares, o con otras personas que a lo largo del día van haciendo esa labor relacional en la cual, nos retroalimentamos unos a los otros. 

Pero hago en este punto una diferenciación, entre estar con….los otros, o simplemente estar. Es tal la importancia que para todos tiene el sentirse parte de un grupo, o pertenecer a un grupo familiar o de amigos, que en ocasiones el estar con los demás, se convierte simplemente en un mero “paripé”, o en un trámite de pseudo compañía a través del cual nuestra autoestima se sienta reforzada, al percibir de alguna manera que “tengo amigos”, o “he quedado”, o “tengo una comida familiar…”. 

Pero ese estar con los demás, ¿es realmente estar con ellos?...Analizando algunas reuniones de amigos o familiares, muchas veces observamos que las personas se reúnen unas con las otras, pero dando la sensación de que simplemente están,…compartiendo un espacio físico pero no compartiendo sus almas, sus vidas, su tiempo….Algunos encuentros se transforman en conversaciones de tipo monólogo, con discursos descriptivos de lo que uno ha hecho, de lo que el otro ha hecho, de lo que uno piensa, de lo que el otro piensa…pero no hay lugar para la escucha, la retroalimentación, el acompañamiento real en “eso” en lo que el otro está, ya sea una preocupación, una narración de un hecho, etc…

El estar “ con los otros” se vuelve en ocasiones una sutil competición, de manera que solo utilizamos la información que el otro nos da, para registrarla en nuestro interior, y ver de qué manera yo la puedo superar, o en qué medida yo tengo o carezco de “eso” de lo que se está hablando. Esta es una manera de estar sin estar, uno continúa en su mundo, en su pequeña esfera, a pesar de estar acompañado y contactando con otras esferas. Lo que nos viene del exterior, solo nos sirve en estos casos para seguir inmersos en nuestras preocupaciones, en nuestras cosas, interpretamos y registramos lo del otro a través de las gafas de nuestra propia visión, sin hacer el más mínimo esfuerzo por ampliar un poco la imagen.

Es una permanente dificultad para abstraerse de lo de uno mismo, y desde este lugar, se hace realmente difícil el compartir de verdad. Más bien es un chequear, registrar, analizar lo que viene del exterior para poder estar permanentemente a la altura de lo que interpretamos que está sucediendo, para que nuestra autoestima no se resienta. 

No se puede compartir desde un lugar donde uno no está…es decir, uno solo comparte aquello que puede compartir, aquello que posee, o aquello que se encuentra en condiciones de poder ofrecer. Estar con los demás no debería ser una herramienta para alimentar nuestro ego o asegurarnos una buena autoestima. Estar con los demás es un compartir real, desde lo que cada uno es, y el goce y el disfrute proviene precisamente de la satisfacción de lo que yo puedo aportar, y lo que el otro me aporta a mi, me complementa, me hace disfrutar, o simplemente me gusta. 

Estar con los demás requiere de una visión más amplia, de la capacidad de tomar distancia con lo de uno mismo para poder “ver” de verdad al que tenemos en frente. “Escuchar” al otro no es desde mis propias preocupaciones, o desde la comparación con mis asuntos, …sino desde el vacío parcial de mí mismo, desde la apertura que permite el no juzgar, no comparar, no chequear con ningún fin….simplemente escuchar, asentir, entender, comprender, dar un espacio al otro para que pueda encontrar un lugar “real” de “intercambio”.

Os invito a que hagáis un experimento: Un día cualquiera, en un lugar cualquiera, con la persona que escojáis, pedidle que os hable a cerca de algo, os comente un problema, u os describa una situación vivida, lo que le apetezca compartir….Y entonces, escuchad….solo eso, escuchad….escuchad cómo habla, lo que dice, fijaos en la entonación, en la expresión de su cara, si lo dice con tristeza, si sus ojos reflejan algo…observad cómo se mueve, si gesticula, si está rígida o petrificada, si muestra alguna emoción….no tratéis de razonar, no escuchéis desde el intelecto, analizando lo que dice, …no aportéis vuestra opinión ( no os la han pedido), no le interrumpáis para contar algo similar que a vosotros os ha ocurrido…No,… simplemente escuchad, escuchad como si de repente nada supierais de la vida y nada hubierais vivido, ….simplemente estar CON esa persona, con lo que a esa persona le está pasando AQUÍ Y AHORA, y lo quiere compartir. Que tal? Fácil? Difícil?

Cuanto más difícil os resulte hacerlo, es indicativo del grado en el que estáis con vosotros mismos y no con el otro. 

COMPARTIR ES ESTAR EN LA ACTITUD DE APERTURA NECESARIA Y SUFICIENTE, DE MANERA QUE EL OTRO PERCIBA QUE LO SUYO HA SIDO TENIDO EN CUENTA POR TI, QUE LE HAS DADO UN ESPACIO A EL Y SUS ASUNTOS, INDEPENDIENTEMENTE DE LOS TUYOS. ESTAR “CON” LOS DEMÁS ES FRUTO DE UN INTERÉS REAL POR EL OTRO, PARA EL APRENDIZAJE, EL GOCE, EL DISFRUTE Y DEFINITVAMENTE, FRUTO DEL “AMOR” POR LOS DEMÁS. 



Ana B. Taboada- Psicólogo.

4 may. 2014

Familias tóxicas

Una de las cosas más difíciles en Psicoterapia es integrar todo el dolor que nuestros propios familiares nos propician, sobre todo cuando somos niños.

Los aspectos culposos y vergonzosos del ser humano se gestan dentro del núcleo familiar, para un niño victima de maltrato o de abusos por parte de sus familiares esto es un drama que se articula en multitud de conflictos, por lado la impotencia para poder defenderse y por el otro esa necesidad de amor que no puede ser cubierta por las figuras más importantes para el infante, su padre, su madre y a veces los hermanos.

El gran dilema que esta situación genera es la cantidad de rabia y resentimiento que se anidan en la psique del niño, estando éste obligado a querer a su padres y familiares mal tratadores a pesar del los abusos o malos tratos.

Frases como “la familia solo hay una”, “como la familia no hay nada” nos llevan a creer erróneamente que debemos amar a nuestros verdugos. Pero ¿cómo puede una niña amar a su padre si este abuso sexualmente de ella o le propinó sendas palizas?

La idea de la familia perfecta es solo una quimera.

Socialmente somos educados a honrar a nuestros padres, a quererlos pese a todo, pero ¿Quién defiende la dignidad del niño? Crecer en un ambiente familiar violento, disfuncional se paga muy caro, pues en la edad adulta ese aspecto de la psique, el Arquetipo de niño-niña herido nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Cuando este arquetipo está activo el adulto reacciona emocionalmente al igual que un niño, conectando con ese desamparo y abandono que sufrió en su más tierna infancia.

El arquetipo del niño-a herido está presente en muchos adultos que de forma inconsciente arrastran este dolor a sus espaldas. La falta de amor, de reconocimiento que vive el niño se quedo grabado en su psique y solo con un proceso terapéutico continuado puede ser integrada esta terrible herida en la psique.
El estigma de este arquetipo es el miedo, la inseguridad, el sentimiento de abandono, la falta de autoestima. La manifestación de este arquetipo se articula en enfermedades relacionadas con el aparato digestivo, bucales (dientes), adicciones, bulimia-anorexia, depresión, ansiedad…así como en relaciones basadas en la dependencia afectiva.

El arquetipo del niño-niña herido sería la punta del iceberg, pues si analizamos al clan familiar, a la estructura que conforma la historia de nuestros ancestros podemos vislumbrar que el dolor no es un acto casual, sino que por el contrario forma parte de nuestra novela familiar nos guste o no.
Inconsciente Familiar

Para poder comprender e integrar la realidad familiar dolorosa hemos de ampliar nuestro campo de visión. Pues somos el eslabón de una cadena, formamos parte de un clan en donde el dolor es como un testigo que pasa inexorablemente de generación en generación. Desde el punto de vista del transgeneracional (inconsciente familiar) como integrantes de un clan heredamos aspecto físico, carácter, y también heredamos los conflictos no resueltos de nuestros antepasados, somos víctimas de víctimas.

Ancelin Schützenber psicoanalista, analista de grupo – una de las primeras terapeutas que utilizó el psicodrama de Moreno en Francia – y profesora emérita de psicología en la universidad de Niza, en su libro ¡Ay mis ancestros! Pone de manifiesto el modo en que heredamos los conflictos, los traumas no sanados de nuestros ancestros.

“Somos menos libres de lo que creemos, dice Anne Ancelin, pero tenemos la posibilidad de conquistar nuestra libertad y de salir del destino repetitivo de nuestra historia si comprendemos los complejos vínculos que se han tejido en nuestra familia”.

Así repetir los mismos hechos, fechas o edades que han conformado el drama familiar de nuestros ancestros es para nosotros una manera de honrarlos y de serles leales. Cuando vivimos situaciones traumáticas dentro de la familia en muchas ocasiones son los hilos invisibles de lo “inconsciente” se ponen de manifiesto dentro del clan, no son hechos “sueltos” inconexos sino que por el contrario están conectados a la historia familiar.

Un niño maltratado no emerge de la nada, en la mayoría de los casos sus propios padres han sufrido los mismos abusos y situaciones dolorosas por parte de sus propios padres por ejemplo.
En psicoterapia es muy común encontrar a personas que sufren las consecuencias de ambientes familiares disfuncionales con una gran carga de dolor y de trauma psíquico.

Es un error común en muchos enfoques terapéuticos llevar al paciente a “perdonar”, acto muy noble por supuesto, pero que de poco sirve. Enfocar el conflicto desde ese prisma sin haber liberado antes el dolor y el resentimiento, sin haber comprendido todo el cuadro familiar de donde provenimos es un acto yermo desde el punto de vista terapéutico.

Anne Miller en su obra “El cuerpo no miente” manifiesta de qué forma esta doble moral “amaras a tu madre y a tu padre” crea en la persona una doble confusión de la que le es difícil escapar. Ser “buenos” por encima de todo, tragar cualquier tipo de humillación proveniente de nuestros padres y familiares es visto como un acto estoico, pero no nos confundamos, el sacrificio y la humillación por la que hemos de pasar no nos lleva a sanar sino todo lo contrario. Aceptar la propia verdad dolorosa dentro del sistema familiar duele, pero peor aun es negarla, pues todo lo que se reprime se imprime en el inconsciente y si de familias hablamos éstas tampoco se escapan del los hilos invisibles de la sombra.

En nuestro clan existe una novela, un drama particular del que todos los integrantes del clan son participes. La sombra en la familia no es plato de gusto para nadie, pero en todas las familias “cuecen habas”.
En fechas significativas como son las “navidades” muchas personas viven el conflicto de tener que reunirse con la “familia toxica” en definitiva con las personas que más les han hecho sufrir en su vida.

En la navidad llega el turrón pero también llega el tiempo de la hipocresía y el silencio contenido, de los no dichos, del juicio, la culpa…, por eso cuando nos acercamos a estas fechas nuestros pulmones se colapsan, no porque “cogemos frío”, sino porque vivimos un ataque frontal en nuestro territorio o porque el ambiente está contaminado con el polvillo de los asuntos no resueltos entre los integrantes de la familia.

La familia perfecta y unida vende, pero por desgracia esto no es la realidad, en los medios de comunicación somos contaminados con estas imágenes de perfección que solo nos llevan a la frustración pues no nos vemos reflejados en ellas, sino todo lo contrario.

Si estamos inmersos en la dinámica de una “familia tóxica” lo primero que debemos aceptar es que esto es así nos guste o no. Muchas veces es necesario prescribir un alejamiento de nuestra propia familia para poder vivir con un poco de paz, puesto que el foco de conflicto se encuentra en su seno y entrar en contacto con las personas y situaciones conflictivas puede llevarnos a vivenciar una y otra vez las situaciones dolorosas.

En estos casos el trabajo terapéutico es muy recomendable, pues es en el marco terapéutico donde estos vínculos tóxicos y complejos pueden ser vistos, sentidos o presentidos, ya que fuera del contexto terapéutico son temas de los que no se habla por el gran dolor que acarrean, porque son temas vergonzantes, dolorosos que muchos optan por tapar.

Afortunadamente gracias a los trabajos de investigación de muchos analistas e investigadores de la psique humana podemos hoy en día ajustar estos vínculos y nuestros deseos para que nuestra vida este a la altura de lo que nosotros deseamos, de aquello que profundamente ansiamos y necesitamos (y no lo que se espera de nosotros) para poder SER.

Aceptar la naturaleza dual de la vida es todo un trabajo de transformación que comienza por nosotros y el lugar que ocupamos dentro de nuestras familias.

Nos guste o no la vida duele, la familia duele, pero el sufrimiento, este emerge de la negación y represión del dolor, de ti depende mirar de frente a la vida y dignificarte como persona a solas si es preciso.

La verdadera sanación y transformación del alma nace de enfrentar y reconocer nuestra sombra, después?….después ya no hay nada.

Fuente: Surá Lillo
Psicoterapeuta con Obsidiana (SITO)
Psicosomática Clínica (BIONEUROEMOCIO)

2 may. 2014

Las 18 frases que más odian los estudiantes de psicología y psicólogos



Una nota de humor para empezar el fin de semana...como la vida misma...
A.B.


Atención estudiantes de psicología, y psicólogos. Todos han escuchado estas frases en algún momento de su carrera y si no es así las escucharan muy pronto así que a respirar profundo y fingir una linda sonrisa, cuando las escuchen.



01. ¿Estudias psicología? ¡Uff, no me vayas a leer la mente!

(Emmm no no tenemos poderes querid@s!!!)

02.“Eso” (la psicología), no funciona. 

Ah, psicología, tiene pinta de ser interesante, pero yo no creo en esas cosas.

03. “No me psicoanalices”

Ey, mejor no te cuento nada no me vayas a “psicoanalizar”

04. Ayer tuve un sueño rarísimo, ¿me dices lo que significa?

(Pues seguramente nada… Por lo general adivinar que quiere decir un sueño no nos va a cambiar la vida, y además para los que sí los contemplan tienen significados diversos)

05. Ah, si eres psicólogo tendrás que comprarte un diván de esos,no?

(Por supuesto, nos lo dan con el título de la carrera)

06. Ummm, los psicólogos son los que hacen test y esas cosas, ¿no?

A mi me encanta hacerlos, el otro día me hice uno y me dijo que mi coeficiente intelectual es de 90, ¿soy normal?

(Si claro…)

07. “Siendo psicólogo no deberías comportarte así…”

(frase preferida por los padres, hermanos, pareja, cada vez que tenemos alguna discusión... ¿Así como? ¿Como una persona normal con sus defectos y sus debilidades?)

08. Yo soy acuario, que me puedes decir de eso?

(¿Que naciste en febrero?)

09. Oye, tengo que dar una entrevista de trabajo, ¿que tengo que ver en las manchitas?

WTF..(Estupefacto...)

10. Uds. los psicologos estan todos locos

(Tenemos un punto de locura, pero de la sana, de esa que te hace ser algo especial y divertido...)

11. Deberías saber hacerlo porque eres psicólogo.

(Si claro, porque cuando nos graduamos también viene un anexo que sabemos hacer TODO)

12. “Yo es que, estoy muy loca”, “si yo te contara… Pensarías que estoy loca”.

Querid@s, los psicólogos no pensamos que nadie este “loco” … solo son dificultades psicológicas.

13. Ah y no olvidemos los asaltos en sitios raros…

Por ejemplo vas al banco, al ayuntamiento (a mi me paso con un taxista en un trayecto de 10 minutos… Imagínate)… Y sale por algún motivo el tema de a que te dedicas, y en cuanto lo dices, la gente te cuenta sus problemas a modo de vomitona, esperando los soluciones en esos 5 minutos… Aunque llegues tarde y tengas mil cosas en la cabeza, y gratis.

14. ¡Ir al psicólogo es para locos! (y yo no estoy tan mal)

(Problemas como: de pareja, ansiedad, dificultades de aprendizaje, o trastornos bipolares, estrés postraumático, trastornos obsesivo-compulsivo… ¿te parecen de “locos”? Eso es lo que tratamos los psicólogos)

15. ¡Que estafa ir al psicólogo! Deben ser ricos con lo que cobran

La colegiación, el seguro de responsabilidad civil, el alquiler del despacho, la cuota de autónomos, el material, y trabajo en casa no se pagan solos…

16. ¡Pero si la psicología no es una ciencia…!

¿Ah no? Y ¿entonces qué es? La psicología es, por definición, la ciencia que estudia el comportamiento humano.

17. Ahhh pero ¿no podéis recetar medicación?

No, no podemos, pero tampoco queremos, la función del psicólogo es dotar de estrategias a la persona y hacer terapia

18. ¿Para qué ir al psicólogo si puedo ir al psiquiatra? ¿Un psicólogo es menos no?

Son profesiones diferentes, que actúan en ámbitos y momentos diferentes, frecuentemente colaborando entre ellos


25 abr. 2014

La abeja

Un abejorro se posó en una flor de cerezo, tomó su néctar, quedó saciado y se fue volando. Pero después le vinieron remordimientos. Se sintió como alguien que se hubiera sentado en una mesa abundantemente preparada sin haberle regalado al anfitrión ni un detalle que también alegrara su corazón. “¿Qué podría hacer?”, pensó, pero no lograba decidirse, y así pasaron semanas y meses. Finalmente la intranquilidad pudo con él. “Tengo que volver a la flor de cerezo y darle las gracias de todo corazón”, se dijo.

Se echó a volar, encontró el árbol, la rama, la hoja exacta donde antes se hallaba la flor, pero la flor ya no estaba.

Sólo encontró un fruto maduro de un intenso color encarnado. Al verlo, el abejorro se entristeció. “Nunca más podré darle las gracias a la flor de cerezo. La oportunidad está perdida para siempre. ¡Pero esto me servirá de lección!”, sentenció.

Mientras lo estaba pensando, percibió un dulce perfume: la corola rosada de otra flor le sonreía, y con todas sus ganas se lanzó a una nueva aventura.


Cuento de Bert Hellinger.

24 abr. 2014

La fiesta


Alguien se pone en camino y, al mirar hacia delante, a lo lejos distingue la casa que a él le pertenece. Sigue caminando hacia ella y, al llegar, abre la puerta y entra en una habitación preparada para una fiesta. A esta fiesta vienen todos los que fueron importantes en su vida; y todo el que viene trae algo, se queda un tiempo y se va.


Así pues, vienen a la fiesta, cada uno con un regalo por el que ya pagó el precio entero, sea como fuere: la madre, el padre, los hermanos, un abuelo, una abuela, el otro abuelo, la otra abuela, los tíos y las tías y todos los que hicieron sitio para ti, todos los que te cuidaron, los vecinos quizás, amigos, maestros, parejas, hijos. Todos los que tuvieron importancia en tu vida y los que aún la tienen. Y cada uno que llega trae algo, se queda un poco, y se va. Al igual que los pensamientos que llegan traen algo, se quedan un poco, y se van. Al igual que vienen los deseos o el dolor. Todos traen algo, se quedan un poco, y se van. Y también la vida: viene, nos trae algo, se queda un poco y se va.


Después de la fiesta, la persona se encuentra colmada de regalos, y solo permanecen a su lado aquellos a quienes les corresponde quedarse aún un tiempo. Así, se acerca a la ventana y se asoma: allí ve otras casas, sabe que en su día también allí habrá una fiesta, y él irá, llevará algo, se quedará un poco y se irá”. 



Bert Hellinger

27 ene. 2014

La silla de pensar...

Hace unos años, antes de ser madre, pensaba en eso de como quería yo que fuese la educación de mis hijos. Pero claro, la cosa cambia cuando los tienes delante y nunca funciona lo que has imaginado. Me gusta mucho hablar, razonar y hacer entender pero no siempre la otra parte lo da todo de sí y más cuando hablamos de niños.

Cuando mi hijo mayor tenía unos dos años surgió, con motivo de una trastada eso de “a un rincón a pensar “ y ahí fue donde saltó la voz de alarma dentro de mí y me llevó a mi etapa escolar. Afloró de golpe, sin quererlo y sin saberlo, el rincón de la clase de 6 años al que le llamaban “la mesa de la luna”. Te mandaban allí por todo: por hablar, por no estar bien sentada, por pedir mucho para ir al baño, por no haber coloreado bien, por haber usado boli cuando era lápiz… Y claro, acabas por volverte, o sumisa (= niña buena) o rebelde (=niña mala).

Y ahí entendí cómo me sentía, lo poco que me había ayudado y lo claro que tenía que no lo volvería a repetir.

Lo único que conseguí ante esa situación de mandarlo a un estúpido rincón fue un enfado, una falta de razonamiento total, un malestar por las dos partes pero sobre todo, lo que más me llamó la atención, es que conseguí de todo MENOS el propósito que, se supone, tiene la silla, y es que piense.


Descubrí que ese rincón lo único que hacia es apartar a mi hijo de mí cuando más me necesitaba. Si yo me enfado, no quiero que me aparten sino que me calmen, que me abracen y que aunque deseo tranquilidad, no deseo abandono, ni malos modales, ni menosprecios. Si no lo quiero PARA mí, menos para mi hijo.

Descubrí que apartándolo de esa manera, aumentaba el grado de tristeza, de frustración, de incomprensión.

A día de hoy, tengo muy claro que, aunque debo poner límites y normas a mis hijos, no lo haré a base de desprecio, de falta de atención e incomprensión sino a base de amor, de entendimiento, de escucha porque si a mí me gusta que me repitan las cosas CUANDO no las entiendo, las veces que haga falta, imagino que a un niño, habrá que repetirle las cosas, no diez veces, sino un ciento. Y no me voy a sentir mal por ello.


Yolanda Fortes, Mamá Golondrina
Monitora de la Pedagogía Blanca, Madre y Mentora de Conciliación

Blog: WWW.MAMAGOLONDRINA.COM