15 nov 2013

Los cuentos terapéuticos



A la vista de que parece que a muchos os ha gustado el cuento de "Llama y el rey", os voy a contar como utilizo este tipo de cuentos en terapia. Ni que decir tiene que lo que os voy a contar sirve tanto para niños como para adultos, pero yo lo utilizo sobre todo con niños. Esto se debe a la dificultad que existe en ocasiones, dependiendo de la edad, de tratar algunos temas problemáticos en los niños de forma directa. Por un lado, suelen ser reticentes a hablar abiertamente de sus conflictos y motivos que le traen a terapia, y por otro, resulta un método lúdico, llamativo y atrayente, que resulta en poder tratar el problema restándole dramatismo, poniendo alguna nota de humor, y convirtiendo la actividad en algo incluso divertido.


Sea como sea, lo más importante es que está demostrado que tanto en adultos como en niños, (aunque especialmente en estos últimos), es más facil conectar con su mundo emocional a través de las metáforas o el mundo mágico que subyace a los cuentos. Es justo en la infancia cuando el mundo de las hadas, los ogros, los duendes o cualquier otro personaje cobra especial relevancia para los niños. Los cuentos son vistos por los niños como un pequeño rincón donde se pueden identificar con los personajes para poder ser héroes, o su animal favorito, o su personaje favorito. Es por ello que conociendo sus gustos o preferencias en este sentido, podemos conectar con su mundo emocional. Y también resulta tremendamente liberador para el niño, el poder hablar de su problema poniendo el peso por un ratito en otros personajes que no sean él mismo, para de este manera aliviar un poco el sentimiento culpabilizador.


En este caso, lo que hago en terapia es pedir al niño que él mismo escriba un relato, un cuento inventado, donde él escoge que personajes intervendrán, la trama del cuento, los diálogos, etc...La única condición es que el cuento tiente que representar metafóricamente el problema que estamos tratando, o la situación con la que queremos conectar con el niño, de cara a darle herramientas para poder solucionarlas.

Una vez que el niño escribe su cuento, le hacemos todas las preguntas a cerca de él, para que nos quede claro qué quiso representar en cada escena, y para que no nos queden dudas a cerca de cómo define el niño el problema. De este modo obtenemos información muy útil a cerca de como vive el niño el conflicto. A través de un cuento, sacaremos probablemente más información que preguntándole directamente. 

A continucación es cuando entro yo en acción, y lo que hago es "reescribir" su historia, manteniendo siempre los mismos protagonistas, y la misma trama del cuento. Lo única que varía es que desde mi "quehacer terapéutico", aporto al niño en mi "reestructuración" nuevas soluciones no intentadas para tratar de solventar el problema. La intención es que el cuento resulte una "pseudo realidad", en la que nadie sale perjudicado. Aportamos soluciones en el cuento de manera que tanto los niños, como el resto de personas implicadas en el problema, salgan beneficiados. Si el niño nos da permiso, podemos utilizar el cuento final para dárselo a leer a todos los miembros implicados en el problema. De este modo, cada uno termina sintiéndose identificado con algún personaje, y aprende, a través del mundo metafórico, estrategias sanas de dar solución a los conflictos. 

Teniendo en cuenta esto, ya os habréis dado cuenta de que ni los personajes ni la trama de "Llama y el Rey" son idea mía. Ambos son idea de una de mis pacientes, de 9 años, que ha representado en este cuento su conflicto personal. Con lo cual, muchísimas gracias a ella y a su gran honestidad. A través de las historias de los niños, es como nosotros nos inspiramos para poder hacer "mágica" la terapia, y de este modo ayudarles utilizando sus propios recursos.

Hay miles de maneras más de utilizar los cuentos en terapia, esta es solo una de ellas.

Ana B. Taboada-Psicólogo
Num Col. G-4678


13 nov 2013

Cuentos que enseñan. "Llama y el Rey"




Érase una vez un dragón, que tenía por nombre Llama. Este nombre se lo habían puesto porque se enfadaba en muchas ocasiones, y hacía salir su furia en forma de grandes llamaradas que terminaban arrasándolo y quemándolo todo. Por este motivo, a Llama le costaba hacer amigos, porque siempre había un momento en el que algo de otro persona le enfadaba, y como no era capaz de arreglar sus enfados de otro modo, siempre perdía a sus amigos, después de que quemara sus casas o sus ropas, fruto de su furia.

Llama no era feliz por este motivo, pero él no perdía la esperanza de algún día ser capaz de hacer amigos, sin que estes le abandonaran. Lo intentaba una y otra vez, y se preguntaba el porqué de su desdicha, cuando él no se consideraba una mala persona. Ni siquiera se sentía identificado con esa furia que le salía y era la culpable de sus males. Él quería ser de otra manera, y tratar de solucionar sus enfados de otro modo….pero no era capaz. Sentía cómo una especie de fuerza lo invadía cada vez que algo le enfadaba, y no era capaz de detener los acontecimientos. Cuando quería darse cuenta, ya había arrasado todo a su paso, y sus amigos le habían abandonado. 


En una ocasión, y en uno de sus múltiples viajes, Llama llegó a un pueblo que le resultó acogedor. No tardó en enterarse de que el pueblo tenía un rey, y Llama se dispuso a tratar de conocerlo. Se acercó al castillo donde este vivía, y pidió hablar con él. El rey enseguida lo recibió. Lo hizo pasar a un gran salón, y mandó preparar para él una suculenta merienda. El rey era conocido por su gran generosidad y la cercanía con la que trataba a todo aquel que lo visitaba o le saludaba.

Estuvieron un buen rato presentándose y hablando amablemente, hasta que el Rey dijo al Dragón:

- Vaya, no me había fijado en tu gran cola…es casi más grande que tú- al tiempo que soltó una gran carcajada.

Fue entonces cuando Llama se percató de esa sensación que le era muy familiar, esa que consistía en que una corriente empezaba a atravesarle el cuerpo desde los pies a la cabeza, y terminaba en esa explosión de furia que tantos problemas le traía. Todo ocurría de un modo tan rápido que a Llama no le daba tiempo a nada, las llamas ardían en su boca deseando salir y era cuestión de segundos. Y así fue, cuando fue capaz de abrir los ojos, todo apareció calcinado y de un color negruzco muy familiar para Llama. 

Miró a su nuevo amigo el Rey, con sus lujosas vestimentas ahora reducidas a harapos, y vio en su rostro reflejada la sorpresa por lo ocurrido, aunque algo en su mirada le sorprendió, creyó ver en ella algo que hasta ahora nunca había visto en el resto de personas que habían probado su furia.

A pesar de ello, Llama creyó que todo lo que vendría a continuación sería lo que él ya conocía por otras ocasiones: el Rey lo echaría del castillo, y de nuevo otro amigo lo abandonaría. Sin mediar palabra, y anticipándose a que esto ocurriera, Llama comenzó a avanzar sigilosamente, con la sensación de abatido y cabizbajo, hasta la puerta para disponerse a abandonar el castillo, ante la atónita mirada del rey.

No había recorrido más de unos cuantos metros, cuando reconoció la voz de su amigo en el fondo del salón:

- ¿A donde vas?- preguntó el rey.

- Me voy….- contestó muy triste el dragón- Sé que estarás enojado conmigo por lo que he hecho, y me echarás del castillo y de tu vida.

- Vaya…y tú como sabes eso?, si yo aún no te he dicho nada?

- Porque todos mis amigos me echan de su vida o me abandonan cuando lo quemo todo con mis llamas, y sé que tú harás lo mismo.

- Pues me temo que no todas las personas somos iguales, y aunque una gran mayoría de tus amigos reaccionen de ese modo, no quiere decir que yo también lo vaya a hacer.

Llama no podía creer lo que estaba oyendo. Era la primera vez que alguien a quien él había quemado sus pertenencias le seguía hablando, y no se encolerizaba con él.

- Me gustaría que te quedaras…- dijo el rey con firmeza y mirándole a los ojos- Si lo haces, podremos hablar de lo que ha sucedido, y quizás juntos podamos entenderlo y hacer lo posible para que podamos seguir siendo amigos.

Llama notó como varias lágrimas asomaban por sus ojos, y caían después por sus mejillas. Una gran emoción le invadió, y no fue capaz de contener el llanto que, de igual manera que hacía la furia, se apoderó de él, y se sorprendió a sí mismo llorando desconsoladamente. Lloró y lloró y el rey permaneció a su lado mientras lo hacía, sin dejarlo solo ni un momento. 

Llama no entendía muy bien que era lo que estaba sucediendo allí, pero sabía que era la primera vez que las cosas ocurrían de un modo diferente, y había algo en aquel rey que le sorprendía y lo mantenía anclado al suelo de aquel castillo. De repente sintió unas ganas enormes de permanecer al lado de su amigo, y descubrir a donde le llevaría esta nueva situación, que el desconocía, pero era enorme la curiosidad que albergaba, por saber más de aquel rey, que no le había echado de su castillo, a pesar de haberle quemado algunas de sus pertenencias.

El rey mandó a todos los obreros del reino que se pusieran manos a la obra para arreglar todos los desperfectos que el fuego había causado, y ofreció a Llama descansar un poco en una de sus habitaciones:

- Ve y descansa un poco. Creo que lo necesitas, y cuando estés un poco más tranquilo, si te apetece hablaremos de lo que ha ocurrido.

- De acuerdo- Contestó Llama.

Horas más tarde, cuando Llama fue capaz de tranquilizarse, y se vio con fuerzas para hablar con el rey, fue a buscarlo. Lo encontró dando instrucciones a los obreros a cerca de las nuevas reformas. El rey, al verlo, dejó inmediatamente lo que estaba haciendo, y condujo a Llama a un salón que no había resultado herido por los acontecimientos. Llama seguía muy sorprendido, porque nunca le habían tratado con tanta amabilidad, sobre todo después de haber hecho lo que ambos sabían.

Se sentaron a la lumbre de una gran chimenea, en unos sillones muy cómodos. Llama se sentía avergonzado y no sabía muy bien qué decir ni por dónde empezar a hablar. El rey enseguida tomó la palabra.

- ¿Te encuentras mejor?- Le dijo el rey…

- Si…bueno…al menos estoy más tranquilo…aunque reconozco que estoy un poco sorprendido…porque esto no es lo que me suele pasar. Todos mis amigos me abandonan cuando yo quemo sus cosas…y tú…en fin…tú pareces diferente.

- Verás Llama, en realidad yo no soy tan diferente a tus otros amigos. Quiero decir que, al igual que ellos, he sentido rabia y enfado porque algunas de mis cosas han terminado quemadas, y has quemado uno de los salones de mi casa. Lo que sí es diferente, es mi modo de relacionarme con mi enfado.

Llama se mostraba perplejo y no entendía nada. Nunca nadie le había hablado de aquel modo, y mucho menos creía en la posibilidad de que las personas pudieran reaccionar ante el enfado de un modo diferente al que él conocía, y que era, pues, con más enfado.

El rey siguió hablando:

- Lo que quiero decirte, y me gustaría que entiendas es que, los sentimientos de enfado son normales en nosotros, y a veces hasta necesarios. No está mal que uno se enfade o algo nos moleste. Lo que está mal es lo que uno a veces hace con su enfado. Verás...- continuó explicando el rey- el enfado es visto muchas veces como algo que tiene poder sobre nosotros, como si fuera una especie de duendecito que nos dirige. Y esto no es así, en realidad nosotros tenemos poder sobre ese duendecito que nos asalta en ocasiones, y podemos decirle como queremos que se manifieste. Podemos escoger encolerizarnos, romper cosas, quemas cosas, gritar, echar culpas a otros…o podemos escoger tratar de entender por qué estamos enfadados, para poder calmarnos sin perjudicar a nadie ni a nada.

Llama permanecía con los ojos muy abiertos ante las explicaciones del rey. Nunca había pensado en que las cosas pudieran ser de una forma diferente a como a él las conocía, pero de repente se sintió tremendamente interesado por seguir escuchando, y conociendo más de todo aquello que el rey le contaba.

- En muchas ocasiones, el enfado es una forma de ocultar otras cosas que estamos sintiendo, como miedo o tristeza por algo. Solemos enfadarnos porque creemos que con el enfado conseguiremos calmar ese miedo…pero esto normalmente no es así. Nuestros miedos aumentan. Si en lugar de tapar esos miedos con el enfado, conseguimos detectarlos y reconocerlos, podremos calmarlos de otras maneras, de modo que no nos perjudique ni a nosotros, ni a las personas que tenemos cerca. Y entonces ya nunca más necesitaremos usar el enfado, porque en realidad no cumple ya ninguna función.


Llama empezó a identificarse con las palabras de su amigo, y se sorprendió a sí mismo tratando de ver si aquello que el rey le decía podía tener algo de cierto en lo que a él le pasaba. Echó la vista atrás, y trató de recordar aquellas primeras veces en las que empezó a utilizar su enfado para calcinar todo aquello que le molestaba. Hizo un esfuerzo, y pensó si sus habituales enfados eran en realidad, una tapadera de alguna otra cosa, tal y como decía el rey, que le estuviera haciendo daño y él no se diera cuenta. 

Pensó entonces en que cuando era más pequeño, siempre tenía miedo a no caer bien a sus amigos, sentía que todos ellos eran más simpáticos que él, que tenían más habilidades, eran más guapos, y que por lo tanto, eran más dignos que él de caer bien y de tener más amigos. El sentía que no era merecedor de tal cosa, y que seguramente sus amigos no le querrían porque él no era tan bueno, ni tenía cosas tan maravillosas como todos los demás. 

Cuando fue capaz de articular palabra, explicó esto al rey. Le dijo que él siempre habría creído que los demás eran mejor que él, que no creía que él tuviera cosas maravillosas que atrajeran a la gente, y por lo cual los demás nunca querrían ser sus amigos. 

El rey lo miro fijamente, y acariciándole una de sus grandes patas, le dijo:

- ¿Y ahora crees realmente que eso es así? ¿De verdad crees que no hay en ti cosas maravillosas que a otros puedan gustar y por lo tanto quieran ser tus amigos? 

Llama hizo un gesto con la cabeza, como avergonzado, y se sintió tremendamente emocionado por aquellas palabras. Realmente había creído eso toda su vida, y nunca había dedicado ni un minuto de su tiempo a pensar en si él podía tener cosas estupendas que gustaran a otros. 

- Verás Llama, todos solemos pensar que los demás son mejores que nosotros, o tienen cosas maravillosas de las cuales nosotros carecemos, pero esto es porque nos es más fácil ver lo de los demás que lo nuestro propio. Al igual que te pasa a ti, también le pasa a los demás, que ven en ti cosas que ellos quisieran poseer, porque les parece maravilloso. 


- ¿En serio lo crees?- dijo sorprendido el dragón levantando con rapidez su cabeza. 


- Pues claro que lo creo- respondió el rey- lo que ocurre es que no tenemos por costumbre decirnos unos a otros las cosas que nos gustan de los demás, y con lo cual a veces no sabemos que partes de nosotros gustan, pero sin duda esas partes existen.

Por primera vez en toda su vida, Llama fue consciente entonces de lo que le había sucedido. Durante mucho tiempo, él mismo se había creído aquellas ideas irracionales de que él no era tan bueno como los demás, y por tanto poco digno de que sus amigos le quisieran. Dado que creía esto a pies juntillas, cuando se acercaba a sus amigos, lo hacía muerto de miedo porque temía que no le aceptaran. Todo iba bien, hasta que alguien lo contrariaba o le hacía una broma, porque Llama creía que si se burlaban de él, o no estaban de acuerdo con algo que él decía, esto significaba que no le querían. Y de ahí que se enfureciera y empezara a utilizar su “genio” y sus llamas para destrozar todo lo que encontraba a su paso. Siempre había parecido un dragón mal humorado y tremendamente enfadado….cuando en realidad, lo que estaba era…muerto de MIEDO.

Llama no sabía cómo contener tanta emoción y de nuevo lloró y lloró, hasta que se quedó sin lágrimas. Toda su vida se había identificado con aquel dragón con aspecto de malhumorado, y ahora se daba cuenta de que eso solo era una fachada, una forma poco útil de ocultar su miedo.

- Siento haberte quemado la casa, y tus ropas…te pido disculpas…- dijo Llama a su amigo, entre sollozos. Al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras, se daba cuenta de que era la primera vez que pedía disculpas a un amigo, por un daño que él le había hecho. 

Era le primera vez que se daba cuenta de que esa forma tan poco útil de manifestar su enfado, traía consecuencias negativas a la gente que él quería, y desde luego, así era muy fácil que sus amigos lo abandonaran.

- Oh no te preocupes! –contestó el rey- se perfectamente que no era tu intención quemar mi casa. Lanzar tus llamas, era la única manera que habías aprendido hasta ahora de manifestar tu enfado. Pero desde el primer momento en que entraste por la puerta de mi castillo, me di cuenta de que eras un gran dragón, con un montón de cosas estupendas que ofrecer, y me apeteció enseguida conocerte y ser amigo tuyo. Fíjate en una cosa…si yo me hubiera enfadado contigo por quemar mi casa y te hubiera echado de mi castillo, me habría perdido la oportunidad de conocerte, y nunca hubiéramos sido amigos.

Llama era cada vez más consciente de cuantas cosas había hecho de la manera equivocada. Él solo quería tener amigos, y que le quisieran, pero por dejar que su enfado le invadiera y demostrarlo a sus amigos con las llamas, nunca conseguía lo que quería, y siempre lo abandonaban.

Llama y el rey continuaron largo rato hablando de estas cosas, y de otras. El rey decidió celebrar una gran cena en honor a la visita de su amigo, al que ahora apreciaba mucho, y vinieron gentes del reino y de reinos cercanos. Llama conoció un montón de gente, y empezó a aplicar todo lo que su amigo el rey le había enseñado. De esta manera pudo bromear y aceptar bromas de otros, también dar opiniones positivas o negativas, y recibirlas de otros. Y oyera lo que oyera, nunca más pensó que la gente no lo quería. Lo que aprendió a pensar fue que los demás podían estar de acuerdo o no con él, o podían bromear sobre él, pero esto no significaba que no lo quisieran. 

Llama nunca necesitó volver a utilizar sus llamaradas, ni siquiera enfadarse. Aprendió a aceptar a los demás como eran, a expresar lo que sentía, a no tomarse mal los actos de los demás, y sobre todo a empezar a pensar que tenía cosas maravillosas por las cuales era digno de que sus amigos le quisieran.

Ana B. Taboada. Psicólogo 
Num col. G-4678

2 nov 2013

Desvincularse de las heridas del pasado


La inclinación a vincularnos con nuestras heridas, en lugar de dejarlas atrás, hace que experimentemos constantemente la sensación de no ser dignos. Una persona que haya experimentado acontecimientos traumáticos en la vida, como una violación sexual, la muerte de seres queridos, enfermedades traumáticas, accidentes, rupturas familiares, drogadicciones y otras cosas similares, puede llegar a vincularse con los dolorosos acontecimientos del pasado y rememorarlos para llamar la atención o despertar lástima en los demás. Esas heridas de nuestras vidas parecen darnos una gran cantidad de poder sobre los demás.

Cuanto más les hablamos a otros sobre nuestras heridas y sufrimientos, tanto más creamos un entorno de compasión por nosotros mismos. Nuestro espíritu creativo permanece tan conectado con los recuerdos de nuestras heridas que no puede dedicarse a transformar y manifestar. El resultado de ello es la sensación de desmerecimiento, de no ser digno de recibir todo aquello que se desea.

La tendencia a vincularnos con las heridas de nuestras vidas nos recuerda lo poco merecedores que somos de recibir nada de lo que realmente nos gustaría tener, debido a que permanecemos sumidos en un estado de sufrimiento. Cuanto más se recuerdan y se repiten estas historias dolorosas, tanto más tiene garantizado esa persona que no atraerá la materialización de sus deseos.

Quizá la frase más poderosa que puedas llegar a memorizar en este sentido sea: «Tu biografía se convierte en tu biología». A la que yo añadiría: «Tu biología se convierte en tu ausencia de realización espiritual». Al aferrarte a los traumas anteriores de tu vida, impactas literalmente sobre las células de tu cuerpo. Al examinar la biología de un individuo, es fácil descubrir en ella su biografía. Los pensamientos angustiosos, de autocompasión, temor, odio y otros similares, cobran un peaje sobre cl cuerpo y el espíritu. Al cabo de un tiempo, el cuerpo es incapaz de curarse, debido en buena medida a la presencia de esos pensamientos.

El apego al dolor sufrido en los primeros años de la vida procede de una percepción mitológica según la cual «tengo derecho a una infancia perfecta, libre de dolor. Utilizaré durante el resto de mi vida cualquier cosa que interfiera con esta percepción. Contar mi historia será mi poder». Lo que hace esta percepción es darle permiso al niño herido que llevas dentro para controlarte durante el resto de tu vida. Además, te proporciona una fuerte sensación de poder ilusorio.

Tenemos que ser muy cuidadosos para evitar explicar nuestra vida actual en términos de una historia traumática anterior. Los acontecimientos dolorosos de nuestras vidas son como una balsa que se utiliza para cruzar el río. Debes recordar bajarte una vez que hayas llegado a la otra orilla.

Observa tu cuerpo cuando has sufrido una herida. Una herida abierta se cierra en realidad con bastante rapidez. Imagina cómo serían las cosas si esa herida permaneciera abierta durante mucho tiempo. Se infectaría y, en último término, acabaría por matar a todo el organismo. El cerrar una herida y permitir que cure puede actuar del mismo modo en los pensamientos de tu mundo interior.

Así pues, no lleves contigo tus heridas. Afróntalas y pide a la familia y a los amigos que sean compasivos mientras te recuperas. Luego, pídeles que te lo recuerden amablemente cuando se convierta en una respuesta predecible. Quizá en cuatro o cinco ocasiones tus amigos y personas queridas te dirán: «Sufriste una experiencia trágica y comprendo perfectamente tu necesidad de hablar de ello. Me importa, te escucho y te ofrezco mi ayuda si eso es lo que deseas». Después de varias situaciones de este tipo, pídeles que te recuerden amablemente que no debes repetir la historia con el propósito de obtener poder a través de la compasión de los demás.

Al retroceder en tu camino y reavivar continuamente tu dolor, incluyendo la descripción de ese dolor y la calificación de ti mismo (superviviente de un incesto, alcohólico, huérfano, abandonado), no lo haces para sentirte más fuerte. Lo haces debido a la amargura que estás experimentando. Esa amargura se pone de manifiesto en forma de odio y cólera al hablar de esos acontecimientos, con lo que no haces sino alimentar literalmente el tejido celular de tu vida a partir de tu cosecha de acontecimientos del pasado.

Eso hace que se extienda la infección e impide la curación. Y lo mismo sucede con el espíritu. Esta cosecha de amargura te impide sentirte merecedor. Empiezas a cultivar entonces una imagen sucia, de criatura desafortunada, desmerecedora y difamada, y eso es lo que envías al universo, lo que inhibirá cualquier posibilidad de atraer el amor y la bendición a tu vida.

Aquello que te permitirá desvincularte de tus heridas es el perdón. El perdón es lo más poderoso que puedes hacer por tu fisiología y por tu espiritualidad, a pesar de lo cual sigue siendo una de las cosas menos atractivas para nosotros, debido en buena medida a que nuestros egos nos gobiernan de un modo inequívoco. Perdonar se asocia de algún modo con decir que está bien, que aceptamos el hecho perverso. Pero eso no es perdón.

Perdón significa llenarse de amor e irradiar ese amor hacia el exterior, negándose a transmitir el veneno o el odio engendrado por los comportamientos que causaron las heridas. El perdón es un acto espiritual de amor por uno mismo, y envía a todo el mundo, incluido tú mismo, el mensaje de que eres un objeto de amor y que eso es lo que vas a impartir.

En eso consiste el verdadero proceso de desvinculación de las heridas, de no seguir aferrándose a ellas como preciadas posesiones. Significa renunciar al lenguaje de la culpa y la autocompasión, y a no seguir adelante con las heridas del pasado. Significa perdonar íntimamente, sin esperar que nadie lo comprenda. Significa dejar atrás la actitud del ojo por ojo, que sólo causa más dolor y la necesidad de más venganza, sustituyéndola por una actitud de amor y perdón. Esta forma de actuar es alabada en la literatura espiritual de todas las religiones.

Sentirse digno es esencial para poder atraer aquello que se desea. Es, simplemente, una cuestión de sentido común. Si no tienes la sensación de merecer algo, ¿por qué te lo va a enviar la energía divina que está en todas las cosas? Así pues, tienes que cambiar y saber que tú y la energía divina sois una sola cosa, y que es tu ego el que se confabula para impedirte utilizar este poder en tu propia vida.

A continuación se indican algunas de las grandes actitudes y comportamientos que puedes incorporar a tu conciencia para facilitar el crecimiento de tus sentimientos de merecimiento.



UN PLAN QUE TE AYUDARÁ A VER QUE ERES DIGNO DE RECIBIR Y ATRAER DESDE LA FUENTE DIVINA

Las siguientes sugerencias representan un plan paso a paso para intensificar tu receptividad al poder de la manifestación en tu vida. Si lo pones en práctica, no cabe la menor duda de que te sentirás digno de la bendición del espíritu divino que lo abarca todo.

 La palabra «inspiración» significa literalmente «estar infundido de espíritu», o en el espíritu, si se quiere.

  • Practica hacer aquello que te guste, y procura que te guste lo que haces cada día. Si vas a hacer algo, concédete el beneficio de no quejarte y, en lugar de eso, muestra cariño por esa actividad. Tu lema aquí ha de ser: «Me gusta lo que hago, y hago lo que me gusta». Eso te sitúa «en el espíritu» y te proporciona literalmente el entusiasmo para ser un receptor digno de la gracia de Dios. La palabra entusiasmo procede de la raíz griega entheos, que significa, literalmente, «estar lleno de Dios».
  • Haz todos los esfuerzos posibles por eliminar de tu vocabulario y de tu diálogo interior los hábitos internos de pesimismo, negatividad, juicio, quejas, murmuraciones, cinismo, resentimiento y crítica destructiva. Sustitúyelos con optimismo, amor, aceptación, amabilidad y paz como forma de procesar tu mundo y a las personas que hay en él.
  • Al margen de lo mucho que te sientas tentado de retroceder hacia hábitos cínicos, recuerda que esa es la energía que estás enviando al mundo, y que con ello transmites un mensaje que bloquea la energía que te devolverá lo que deseas. Si estás lleno de negatividad, te encuentras desequilibrado y tus resentimientos indican que no te sientes digno o preparado para aceptar la energía amorosa que deseas.
  • Procura encontrar cada día un momento de tranquilidad para erradicar los sentimientos de indignidad. Ese tiempo de oración o meditación, o de experimentar simplemente el silencio, alimentará tu alma y eliminará finalmente todas las dudas que puedas abrigar acerca de no merecer el ser beneficiario de la abundancia del universo.
  • Lee literatura espiritual y poesía, y escucha música clásica suave siempre que te sea posible. He descubierto que el simple hecho de leer la poesía de Walt Whitman, de Rabindranath Tagore o de Rumi, hace que todo se sitúe en una perspectiva más sagrada para mí.
  • Procura rodearte, en la medida de lo posible, de cosas bellas.
  • Practica la amabilidad para contigo mismo y para con los demás, con toda la frecuencia que te sea posible.
  • Abandona tu necesidad de tener razón y de ganar; en vez de eso, sé amable, y pronto conocerás la bendición de la paz interior. Recuerda que tu yo superior sólo desea paz. Al practicar la amabilidad, la paz aparece inmediatamente. Al estar en paz contigo mismo y con tu mundo, sabes que eres un digno receptor de todo lo que se cruza en tu camino. Empiezas a confiar entonces en la energía que aporta la realización de tus deseos.
  • Si te encuentras en un estado de confusión y, en consecuencia, te preocupa ganar o perder, te hallas a merced de tu propio ego, al que le encanta la confusión. Toda esa confusión interna hace que te cuestiones a ti mismo y tu valía en comparación con otros. Y eso trae consigo la duda acerca de si eres o no digno de recibir y manifestar.
  • Ponte la meta de ser cada día amable con los demás, al menos una vez, y extiende ese mismo privilegio hacia ti mismo, tanto como te sea posible. Siempre tienes una alternativa acerca de cómo va a reaccionar tu espíritu. La alternativa de la culpabilidad, la preocupación, el temor o el juicio no es más que un pensamiento que se transfiere a tu fisiología. Cuando tu yo físico se ve desequilibrado por estas emociones, te sientes demasiado enfermo e infeliz como para pensar siquiera en participar en el acto de la co-creación de una vida bienaventurada. Te saboteas a ti mismo, y todo por la falta de voluntad para ser amable contigo mismo y con los demás.
  • Empieza a considerar el universo como un lugar amistoso, antes que enemistoso. Sitúa en la categoría de «lecciones» todas las heridas de las fases anteriores de tu vida. Deja de verte condicionado por esas heridas y de convertirlas en un brazalete identificativo.
  • Desvincúlate de la actitud de que este mundo es maligno, está lleno de gente mala, y empieza, hoy mismo, a buscar el bien en la gente con la que te encuentres. Recuerda que, por cada acto de maldad, hay millones de actos de amabilidad. Este universo funciona con la energía de la armonía y el equilibrio. Inspira para absorber esa energía y elimina de tu mente y tu corazón la idea de que eres una víctima. Toda vinculación con tus traumas crea una toxicidad celular en tu cuerpo y un envenenamiento espiritual de tu alma.

Repítelo una y otra vez, hasta que quede bien grabado: «Soy lo que soy, y soy digno de la abundancia que hay en el universo, y de todo lo que hay en él, incluido yo mismo».

Te encuentras ahora en el camino de saber que eres merecedor de atraer y manifestar en tu mundo.

Eres consciente de tu yo superior. Confías en ti mismo y en la sabiduría divina que te ha creado.

Sabes que no estás separado de tu entorno, y que dentro de ti existe el poder para atraer.


Fuente: Wayne Dyer

29 oct 2013

Nuestros saboteadores internos

Dentro de cada uno de nosotros viven dos personajes, dos saboteadores internos que se pelean entre ellos. Son esas voces interiores que invaden nuestra mente, y nos van mareando en el día a día. Fritz Perls, los llamó el "perro de arriba" y el "perro de abajo". Cada uno tiene un rol bien diferenciado dentro nuestro. ¿Te suenan éstas palabras? Tengo que hacer cosas de trabajo....uf que palo las hago luego.... Tengo que limpiar la casa... mañana sí eso.... No me tengo que poner nervioso.... uf pero me tiemblan las piernas..... Todos estas frases ejemplifican nuestros pensamientos que la mayoría de veces son opuestos. ¿Sabes identificar tus pensamientos saboteadores? ¿Sabes qué hacer con ellos? 



El perro de arriba o el que manda

El “perro de arriba” se ocupa de todos nuestros mandatos, todas las cosas que nos vienen impuestas, aquellas cosas que DEBEMOS hacer, sobre todo, estas ideas vienen de parte de nuestros padres y también del entorno que nos rodea. Son los mandatos sobre cómo tienen que ser las cosas y la terapia gestalt les llama “introyectos”. 

La mayoría de veces, estas ideas que nos vienen impuestas no las hemos podido decidir nosotros, sino que se nos ha educado para que cumplamos, y cómo si fueramos un piloto automático, las hacemos sin pensar. 

Ej: Tienes que ser buena persona
No debes de llorar
Sé fuerte
Has de ser responsable 
Has de hacer las cosas perfectas
Debes divertirte más
Debes adelgazar

El “perro de arriba” es el que ejerce de policía, de protector de los “deberías” que impone el buen hacer, él de este modo se convierte en un moralizador, mandón, represivo. Así que de algún modo apuesta por unas conductas aprendidas sin asimilar que él cree que le darán bienestar. 

Si algunos de estos deberías que hemos aprendido de pequeños no se cumplen, entramos en conflicto y esto nos genera mucha ansiedad. Si por ejemplo, no puedo ser fuerte siempre, vivo muy mal la vulnerabilidad, o si las cosas no me salen perfectas, vivo muy mal el que me salgan las cosas no tan bien. 

Puedo identificar a "mi perro de arriba" plena en acción cuando siento que lo que hago en determinada situación “no es suficiente”, cuando me exijo y me acuso de “ser un blando”, de “estar perdiendo el tiempo”, cuando me torturo con la culpa de algo que hice o no hice, cuando me comparo con mis compañeros de trabajo, cuando me juzgo por “no ser perfecto” .

El perro de abajo o el mandado

En cambio el “perro de abajo” lucha por satisfacer nuestros deseos, instintos, necesidades, por aquellas cosas que pedíamos de forma natural y cuando éramos unos niños. Si hacemos un simil, el "perro de abajo" sería nuestro niño interno y el "perro de arriba" sería nuestro adulto interno, el que pone las normas. 

El "perro de abajo" dice: "no puedo o "no quiero" hacer esto que me manda el "perro de arriba". Trata de controlar, de un modo pasivo, sabotea olvidandose de las cosas, fracasa. A veces representa a la victima dentro nuestro. Aplaza las tareas, se confunde y nunca se compromete.

El "perro de abajo" dice: "ya lo haré mañana, qué pereza me da todo, no puedo, me da palo” y con todo este lio, la pobre personalidad fragmentada y dividida, agotada de las luchas entre los dos perros, se pregunta sin descanso: “porqué no puedo ir a correr una vez por semana si sé que lo necesito, porqué me siento tan mal si fallo en una evaluación,etc. 


Resolver el conflicto entre el "perro de abajo" y el "perro de arriba"

Según la terapia gestalt, la ansiedad es justo la expresión del conflicto entre las dos partes de la persona. Aparece cuando lo que deseamos se opone directamente a lo que debemos hacer. El conflicto se manifiesta cuando nuestro "perro de arriba" no nos deja realizar algo que necesitamos, por ejemplo, si no nos da permiso para dejar de ser fuertes, y necesitamos un abrazo, nos empeñamos en continuar siendo fuertes, y sin necesidad de afecto, aquí puede aparecer ansiedad claramente. 

Para resolver este conflicto interno podemos establecer un diálogo entre estas dos partes de uno mismo hasta que las dos partes puedan llegar a un acuerdo, negociar para que dejen de competir y colaboren para conseguir lo que se requiere.

Habría que lograr que “el perro de arriba” permita cubrir nuestras necesidades, mientras el “perro de abajo” nos da permiso para realizar lo que creemos que debemos hacer. La ansiedad desaparece cuando nos aceptamos de forma completa a nosotros mismos. Cuando podemos aceptar a nuestro "perro de arriba y a nuestro perro de abajo". 

Desde la terapia se facilita este diálogo entre las dos partes con el propósito de establecer una negociación entre ambos. Ambos "perros" son asimiliados como parte de nuestras personalidad. Al lograr que tanto uno como otro “cedan” ante la negociación, "el perro de abajo" ya no necesitará sabotear al perro de arriba .Al dialogar, ambas partes de la personalidad llegan a un acuerdo en el que cada una obtiene lo que desea, por lo que dejan de luchar.

Tomar contacto con las dos partes, implica poder integrar a nuestros saboteadores, de la forma que ya no cumplan la función de saboteadores, sino de potenciadores de nuestro yo. 

Estoy en esta silla 
Para que tu me veas 
Siento el latir de mi corazón 
Y me siento a mi mismo. 
Te veo observando 
Como sea que me muevo
Y te veo pillándome 
En mi propia brecha.
Estoy con dolor 
No voy a revelar 
Mi lucha en vano 
Mi querer esconder 
Mi dolor insiste 
Me estoy arrancando 
Y sigo defendiéndome 
Del precio que he de pagar. 
Tengo que hacerlo 
Aunque me muera de temor 
Prefiero atravesarlo 
En la esperanza de que tal vez 
Llegue a ser verdadero. 

“Dentro y fuera del tarro de la basura” Ed. Cuatro Vientos, Chile. 1975)

Fuente:

Adriana Reyes
Psicóloga Col.19.831
Psicoterapeuta integradora.


26 oct 2013

Las rabietas infantiles







Los compañeros de Edúkame han colgado estos días un compendio de artículos que han ido escribiendo, relacionados con el tema de las rabietas y pataletas infantiles. Como yo no lo hubiera hecho mejor, aquí os dejo algunos de esos links, para que todos los que tengáis dudas o curiosidad sobre este tema, podáis consultarlos.






















Ana B. Taboada. Psicólogo