12 feb. 2013

La moralidad



Quiero hacer una llamada de atención acerca de lo que yo denomino “moralidad light” o moralidad infantilizada.



Cuando somos niños, y nuestros padres están en pleno proceso de educación, nos educan con una moralidad adaptada a la edad que tenemos, necesitan establecernos unos límites muy claros, porque la mentalidad de los niños no tiene todavía la capacidad de relativizar y valorar de una forma consciente y autónoma qué está mal y qué está bien para nuestras vidas. De esta forma, nos dicen cosas como que no compartir es malo, que tenemos q ser niños buenos , dar caricias a los demás niños es bueno, quitar cosas a los demás es malo, mentir es malo, ser vago es malo….etc etc…



Este es a mi modo de ver, una de las primeras fases en la confección de lo que más tarde será nuestra moralidad adulta. Nos ayuda, como niños, a saber movernos dentro de unos límites que nos proporcionan seguridad, y a inculcar en nosotros valores positivos que nos permitan un estar en el mundo satisfactorio a la hora de relacionarnos con nuestro entorno más cercano. Al mismo tiempo, se va produciendo un fenómeno por el cual, los niños construyen una visión de sí mismos y de lo que le rodea, en base a juicios morales basados en la “tradición” y experiencia de otros…normalmente nuestros padres.



Ahora bien, con el paso del tiempo, los niños crecen, y no solo crecen físicamente, sino que se producen toda una serie de cambios psíquicos que hacen que las mentes se vuelvan muy complejas, con una capacidad de abstracción y relativización, inauditas de poner en práctica en la etapa anterior. Lo que era funcional cuando éramos niños ya no lo es en la etapa adulta, porque las relaciones entre las personas y con el entorno se vuelve más compleja. Es decir, ya no nos vale separar entre” personas buenas”, y “personas malas”, en función de si cumplen los preceptos que nos “enseñaron” cuando éramos niños.



La moralidad “adulta” es algo mucho más relativo que todo esto, y supone una conexión con nuestro propio yo, es decir, la asunción de una moralidad propia, autónoma, basada en la propia experiencia de cada uno, que hace que podamos llegar a ser seres libres e integrados. Todos podemos estar de acuerdo en que matar o robar es malo para los seres humanos…pero es que la moralidad, asumida como algo propio, incluye un constructo mucho más amplio y personal. De esta manera ya no es tan fácil que todos coincidamos en que “dejar un trabajo, sea malo”, o que “divorciarse sea bueno”, o que “ las personas que prostituyen su cuerpo, sean malas….”, y un sin fin de situaciones en la vida, las cuales no podrían ser objetivo de una “única y sabia “ moralidad.

Sino que depende de cada persona, en función de su experiencia, el construir una moralidad que le sea funcional en la etapa adulta, asumiendo siempre que “tu libertad, termina donde comienza la libertad del otro”.



Me llama la atención, que hay personas que por su edad cronológica, podríamos esperar que se hayan convertido en personas adultas, y curiosamente, todavía se rigen y rigen sus vidas por esta moralidad infantilizada que separa impune y sentenciadoramente a las personas, en buenas y malas, en función de aquellos varemos que aprendió en su edad infantil. Hay personas que creen que son mejores que otras porque no roban, no matan, son fieles, no se divorcian, no dejan un trabajo aunque le desborde, no gasta dinero aunque lo tengan, no discuten porque discutir es malo, o van a misa todos los domingos.



Estas personas no se dan cuenta de que no solo no son mejores ni peores que nadie, sino que están viviendo conforme a unos juicios morales que no le son propios y que difícilmente les podrán alcanzar la felicidad, desde el momento en el que su moralidad no está a su propio servicio y de sus necesidades, sino que más bien ellos están al servicio de perpetuar una moralidad inútil, disfuncional, y contribuirán por tanto a relaciones disfuncionales con los demás, provocando mucho dolor y su consecuente sufrimiento.

Ana Taboada. Psicólogo.

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